Vivencias de nuestra gente n° 56: primo rico y primo pobre

*Autor: José Juan Jorge Vega //*
Esta anécdota ocurrió allá por los años sesenta del pasado siglo y me la contó un hijo del primo pobre, del que soy muy amigo. Este personaje, maestro Manuel, el primo pobre, es un viejo conocido de estas vivencias.
En Gáldar vivían dos primos hermanos cuyos nombres y primer apellido eran iguales. En el aspecto físico no se parecían mucho y uno era rico y el otro era pobre. Ambos han fallecido desde hace algunos años, primero el rico y años después el pobre. Los conocí a los dos aunque nunca tuve amistad con ninguno de ellos.
El primo rico vivía en su gran casa dentro del pueblo de Gáldar, y el primo pobre vivía en su modesta casa en uno de los barrios de dicha ciudad, la cual, siendo aún soltero, fue construyendo poco a poco con la ayuda de algunos amigos y parientes
El primo rico tenía una buena finca de plataneras cerca de Caleta de Arriba y dos pequeñas fincas en los altos de Gáldar, que tenía arrendadas a dos vecinos de la zona que las plantaban de papas, de millo y todo tipo de verduras y hortalizas.
El primo pobre no tenía ni dónde caerse muerto. Trabajaba de pastor en una finca de plataneras y malvivía con su mujer y una prole de 6 ó 7 hijos. En esa casa faltaba de casi todo, pero si algo sobraba era su imaginación.
Lo único que tenían en común los dos primos era, aparte de los nombres y el primer apellido, que a ambos les gustaba echarse sus chascarrillos y también a los dos les gustaba echarse sus piscos tanto antes de almorzar como antes de cenar. El rico de whisky y el pobre de ron.
Cuando se acercaban las fiestas navideñas, los medianeros del primo rico solían mandarle por esas fechas algún saco de papas o de millo, algún baifo, e incluso algún gallo bien alimentado para matar. Esos regalos los solían mandar a través del “coche de hora” que hacía la ruta pasando por Gáldar por las mañanas tempranito y por las tardecitas la hacían a la inversa.
El primo pobre, que como ya dije le sobraba imaginación, cuando llegaban esas fechas, se pasaba casi todos los días por la parada del coche de hora y dirigiéndose tanto al chofer como al cobrador les preguntaba: “Buenas, hay algo p’a mí”. Y usted cómo se llama, le preguntaban, pues fulano de tal le respondía. Y como el nombre coincidía le entregaban el paquete, o el saco o lo que fuera. Ese día el primo pobre llegaba a su casa más contento que unas pascuas, como se suele decir.
El primo rico se venía a enterar de lo que su primo le mangaba cuando, a mediados de enero se veía con los dos medianeros para el cobro anual de la renta pactada, y le detallaban todo lo que le habían mandado. Lo hacían más bien por saber si lo había recibido y si le habían llegado en buenas condiciones y también si le habían gustado. Naturalmente él les contestaba a todo que sí y les daba las gracias, pues no quería que ellos se enteraran de la jugarreta de su primo. De todo ello, pensaba, él había recibido menos de la mitad.
Ya en su casa, echaba cuentas de lo que le mandaron y de lo que él había recibido y llegaba a la siguiente conclusión: Ya el cabronazo de mi primo se mamó un par de baifos, un gallo y un saco de papas. Deja que me lo tropiece. LMQLP.

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