La desaparición en 1992 del primer cementerio de Guía

La incuria política municipal destruyó elementos evocadores de su memoria histórica.

Por Pedro González-Sosa, Cronista Oficial de Guía  //  

Permítasenos esta breve introducción porque es fiel testimonio de lo que se debe hacer para conservar a generaciones futuras testimonios tangibles de la memoria históricas de un pueblo. En el inicio de la calle Aramburo de La Habana las autoridades municipales de 1870 conservaron en un muro los restos de lo que había sido, en aquella misma zona, la primera necrópolis  construida en la capital cubana por el obispo Juan José Espada y que popularmente se conoció hasta su desaparición como “el cementerio Espada”.

En el inicio de la calle se conserva una pared con los restos de una de las zonas de nichos que tenía aquel viejo primer camposanto  que dejaron expresamente como recuerdo de su pasado, según una de las ilustraciones que acompaña estas notas. Al construirse en 1870 el actual y monumental  cementerio conocido como de Colón, se urbanizó la zona del antiguo de Espada pero conservaron una de las paredes con los restos de algunos nichos, sin lápidas, claro. A la calle Aramburo se accede a través de un pequeño callejón llamado popularmente “del poeta”  porque allí se encuentra también conservada la lápida y sepultura en tierra del poeta alemán Georg Weeph fallecido en La Habana el 30 de julio de 1856 . El santanderino Juan José Espada Landa fue obispo de La Habana desde febrero de 1802 hasta su fallecimiento en agosto de 1832 y la construcción del cementerio que se popularizo con su nombre se produjo coincidiendo, al principio  de aquel siglo, con la orden promulgada para todo el territorio español y las colonias de ultramar de prohibir los enterramientos en las iglesias.

Pero volvamos a Guía. Desgraciadamente, la desaparición de aquel viejo y primer cementerio  nacido igualmente a principios del s. XIX no contó, en enero de 1992 como en la vieja Habana, con la cultura histórica de quienes regían aquel pueblo como máximos responsables municipales de la época, que pudieron conservar de este camposanto algunos testimonios “físicos”  del pasado guiense. En aquellos años de principio de los noventa el ayuntamiento proyectó la utilización de aquel espacio  para la construcción sobre la amplia superficie del viejo camposanto  de una plaza olvidando conservar, para el recuerdo y la memoria histórica sobre uno de sus rincones, algunos vestigios de lo que había sido el espacio en el pasado. Como el  pórtico de entrada  enmarcado de cantería piconera de Gáldar, cuyo diseño está atribuido a Luján Pérez –en cuyo sagrado recinto también señala la tradición que fue sepultado en 1815– con la desafortunada y descontrolada demolición de que fue objeto ejecutada por la piqueta o el tractor. Alertado el cronista, todavía a tiempo, por dos amigos de los trabajos que derruían los muros que circundaban el recinto y la puerta de su acceso, advirtió  al máximo responsable municipal  la conveniencia de respetar el protocolo seguido en estos casos, que no es otra cosa que numerar las piezas de que se compone su estructura de cantería, desmontarla cuidadosamente para su conservación y colocación, si procediese, en lugar adecuado que bien pudo haber sido la propia plaza. Incluso advertimos la idea de denunciar el hecho ante los organismos insulares y autonómicos que cuidan de la conservación del pasado histórico de las islas. La respuesta recibida fue desafortunadamente airada, ¿rayando autoritarismo?.  No queremos interpretarlo así, pero que no repetimos por respeto al lector. ¿Y qué fue de aquellos cantos que formaban el pórtico de entrada?. La desidia de entonces los llevó descontroladamente quien sabe a dónde, aunque cierto tiempo después supimos que se encontraban  desperdigados en las inmediaciones de lo que había sido el antiguo matadero municipal en el barranco de donde la propia desidia los hizo desaparecer. ¿O están localizados…?.Nos dicen que no.

Evoquemos con nostalgia que sobre aquella plaza, en uno de sus rincones, bien pudo reconstruirse aquel pórtico de tradicional paternidad lujaniana construido en 1815, y en el hueco resultante donde había estado la puerta de entrada,  parte del frontispicio donde estaban los nichos, sin lápidas, que todavía quedaba en pie con  un texto alusivo y recordatorio de lo que había sido anteriormente el espacio sobre el que se levantó la plaza, emulando a los habaneros de 1870,  aquella misma inquietud cultural de un pueblo.

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