Leoncio Álamo, un hombre extraño

VIVENCIAS DE NUESTRA GENTE NÚMERO 4: Autor: José Juan Jorge Vega.

Leoncio Álamo era un hombre de un nivel cultural algo por encima de la media, y sin embargo era la persona mas hedionda que he conocido en mi vida y desde luego mucho más de lo que puedan imaginarse aquellos que no le conocieron. Era hermano del prestigioso compositor de música y canciones canarias Néstor Álamo y que al igual que todos sus hermanos nació en Guía de Gran Canaria. Todos sus hermanos eran personas muy respetables.

Leoncio no se llevaba con ninguno de sus hermanos y el decía que no se aseaba ni vestía bien para fastidiarlos y para que se avergonzaran de el. Y desde luego lo conseguía con creces.

Yo vine a tener conocimiento de la existencia de este hombre allá por los años sesenta. Se decía que vivió muchos años en La Aldea de San Nicolás y que tuvo que salir por piernas por homosexual. Esto es lo que se decía en el pueblo y desde luego ni estaba casado ni se le conocía descendencia alguna. En esa época los homosexuales estaban muy mal vistos y nadie los quería a su alrededor. Injusto pero así era.

Verán un ejemplo de como vivía este hombre. A el le regalaban o compraba unos zapatos y no se los quitaba, supongo que sólo para dormir, hasta que esos zapatos ya estaban totalmente gastados. Lo mismo ocurría con los calcetines, cuando llevaba, y con el resto de su vestimenta. Vamos, es que estabas a tres metros de él y apestaba. El vivía de la venta de revistas que compraba en Las Palmas capital y vendía los sábados y domingos junto a la plaza de Guía. La verdad es que traía todas las revistas de actualidad. Sobre todo aquellas que más gustaba a las mujeres, que eran sus clientes en potencia.

Les voy a contar una asquerosaanécdota que me toco vivir:

En esa época, año 1.968, yo llevaba trabajando en Las Palmas de G.C. algo mas de un año y hacia poco tiempo que me había comprado mi primer coche y estaba con el como chiquillo con zapatos nuevos. Lo tenia reluciendo de limpio tanto por dentro como por fuera.

Era un viernes del mes de Diciembre del mencionado año, cuando a eso de las nueve de la noche en que yo acababa mi jornada laboral, salía de Las Palmas capital en mi reluciente coche, para dirigirme a mi casa en San Roque de Guía. Entonces fue cuando vi a Leoncio haciendo auto stop frente al Castillo de Mata, que era la salida que había entonces para ir hacia todo el noroeste de la Isla. Cuando le vi pensé en no pararle pero como el me conocía perfectamente y sé que conocía mi coche y que ademas estaba seguro de que me había visto, pues se encontraba en una pequeña plazoleta situada frente al Castillo, y encima iluminada por un poste de luz. Por sí fuera poco, dicha plazoleta había que rodear y por tanto ir muy despacio. Sabía que si no le paraba al día siguiente lo sabía todo el pueblo de Guía, pues esa era una de sus tantas “cualidades”: poner a parir a todo aquel que no le llevará en su coche. Así pues opté por parar junto a la gasolinera situada a la derecha. El cruzo cuando se lo permitieron los coches que circulaban en ese momento y dándome las gracias colocamos el paquete de revistas que llevaba en el porta bultos y se sentó en el asiento que está al lado del mío. Nada más entrar abrí mi ventanilla porque la oleada de mal olor que entro era irresistible. Pero lo peor llego cuando al cabo de una media hora de camino se quitó los zapatos y los calcetines y se puso a hurgarse en medio de los dedos. Fue apestosamente horroroso y en ese momento juré que no le llevaría más dijera lo que dijera de mi.

En aquel entonces trabajábamos también los sábados, y en el camino de ida hacia Las Palmas capital a eso de las siete de la mañana, fui con las dos ventanas abiertas y muerto de frío para ver si se le iba el mal olor; e incluso a la hora de la comida del mediodía aproveche para echarle desodorante en spray y limpiar a fondo toda la parte en la que el se sentó. Se disimuló bastante pero mi mujer lo noto cuando al día siguiente, domingo, abrió la puerta del coche para subir y dar un paseo. Le tuve que contar la verdad y a punto estuvo de bajarse del coche a vomitar. Tardo muchos días hasta quitarse del todo el dichoso mal olor. Lo dicho, nunca más.

Les decía al principio que Leoncio era un hombre culto pues según se comentaba había estudiado el bachillerato y leía todo lo que se le ponía por delante. Todos sus hermanos vivían muy bien, pues unos tenían fincas de plataneras y otros sus buenos negocios. Pero el no tenía complejos de ningún tipo y si mal no recuerdo vivía en una habitación propiedad del Ayuntamiento situada junto a los baños públicos.

Por las tardes se sentaba en “El Siete”, justo encima de su “casa”, sitio emblemático por donde tenían que pasar todos los coches que llegaban a Guía y aquellos que fueran a seguir a los siguientes pueblos de Galdar, Agaete y La Aldea de San Nicolás. También estaba al lado de la parada de los coches de línea, a los que se conocían por el nombre de “los coches de hora”. Vamos que se trata de un lugar muy novelero en donde se enteraba de todas las personas que entraban o salían del pueblo para ir o venir de Las Palmas capital.

Me contaron que un buen día, por la tardecita, se paró un coche que llevaba una pareja de turistas peninsulares frente al novelero banco, frente a Leoncio y otras personas que estaban también en el famoso banco, en busca de información y el hombre pregunta sin dirigirse a nadie en particular, muy educadamente: “buenas tardes señores, nos podrían decir cuantos kilómetros faltan de aquí a Las Palmas?”. Leoncio, que no se dejaba caer una al suelo, como se suele decir, le contesta mirando con extrañeza al mismo tiempo a sus compañeros y a la pareja de turistas: “Mire usted buen señor, !nos ha dejado usted de piedra! porque que nos hayamos enterado hasta ahora ni se han perdido ni creo que nadie haya robado ningún kilómetro desde aquí a la capital. Ahora si lo que ustedes quieren saber son los kilómetros que hay de aquí a Las Palmas, le informamos que hay 42 km.

La pareja de turistas, que gozaban de buen humor, creo que se fueron a reventar de la risa por tal ocurrencia y por el tono crítico pero al mismo tiempo jocoso y agradable usado por Leoncio.

En los pueblos esas anécdotas corren como la pólvora; de tal forma que a las veinticuatro horas lo sabe todo el mundo. Las cosas de Leoncio, se decía.

Y esa era su vida, hasta que hace algunos años enfermó y lo trasladaron al hospital de San Roque de Guía en donde algún tiempo más tarde falleció. La gente del pueblo decía, en broma claro esta, que la culpa de su muerte la tenían las monjas enfermeras que nada más entrar Leoncio en el Hospital lo metieron en la ducha y lo obligaron a bañarse hasta quitarse de encima toda la porquería que llevaba de no se sabe cuanto tiempo. Le hicieron, se decía, coger una pulmonía.

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