Los perros de Santa Ana

Santiago Gil //

Un día es una estatua de Colón, otro día le toca a otra de Voltaire, y en cualquier momento irán a por la Venus de Milo o a por Nefertiti, a por el David de Miguel Ángel o a por el Tritón de Manolo González, a los dos últimos por la desnudez, y a la Venus y a Nefertiti las atacarán para que ya no quede vestigio alguno de su belleza, y eso que ya a una le cortaron los brazos y a la otra le arrancaron un ojo con el paso de unos siglos que, lejos de traer la cordura, nos siguen llevando cada vez más atrás en el tiempo, a la censura más pacata y vergonzante, a confundir lo sublime del arte con la inmundicia de la vida algunas veces.
Tiran estatuas, las destrozan y las colorean, en lugar de derribar tiranos vivos o de buscar que los que destrozan esas creaciones pudieran imitarlas, que aprendieran a dibujar o a modelar, y por supuesto a buscar mucho más allá de lo que ven en su vida alicorta y consumista. A Colón lo derribaron en Baltimore, donde murió Poe, y cualquier día de estos también profanarán su tumba buscando cualquier calificativo que denigre lo que dejó escrito, porque así se está escribiendo la historia, corrigiendo a Mark Twain o borrando películas como Lo que el viento se llevó porque los bárbaros no saben distinguir la verdad de la mentira, toda la realidad y la denuncia que hay en lo sutil y en lo que no se dice.
Ayer también atacaron a los perros de la plaza de Santa Ana. Alguien, imitando a esos bárbaros que tiran piedras sobre sus propios tejados, golpeó con saña el basamento y quebró la pata de uno de los perros en los que casi todos los grancanarios nos sentamos alguna vez siendo niños, y es que justamente esas figuras se han acariciado siempre y se han tocado como para cercioranos que no son de mentira, y hasta el mismo Víctor Doreste las sacó a corretear por el cercano Guiniguada.
La pata destrozada podría ser la de Faycán, y hace falta ser muy bestia para agujerear esa escultura que ha visto pasar la vida de tantos y tantos que se creyeron dioses de dos piernas por pegar tres gritos o dos pedradas a lo que se les ponía delante, dejando la justicia de lo que reivindican en una muestra más de la barbarie que no hemos sabido desterrar de nuestro ciclo evolutivo.

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