Alfredo Díaz: «Cesar Manrique denunció que vendíamos el paraíso y miramos para otro lado»

Alfredo Díaz, portavoz de la FCM, el escritor Alexis Ravelo y la profesora Ángeles Alemán, recuerdan el compromiso ético de un artista cuyo legado aún está vigente

Alfredo Díaz Gutiérrez, portavoz de la Fundación César Manrique y director del departamento pedagógico, se refirió en la conferencia ofrecida ayer día 17 de julio en el marco del Campus de Etnografía y Folclore que la ULPGC organiza en Ingenio, a la filosofía de vida del artista conejero más ilustre y una de las figuras claves del cambio socioeconómico que vivió Lanzarote durante el pasado siglo.

Junto al escritor Alexis Ravelo y la profesora del departamento de Arte, Ciudad y Territorio la ULPGC Ángeles Alemán, hablaron de la obra y la dimensión del compromiso ético de un artista cuyo legado aún está vigente.
Patrimonio, herencia y responsabilidad son conceptos, según Alfredo Díaz, unidos al trabajo de César. “Siempre se refería a la herencia como aquello de los antepasados que dejaremos a las generaciones futuras. Sobre esa herencia recae una responsabilidad, un compromiso. ¿Nos la cargamos o la conservamos y la mejoramos para que otros la hereden? ¿Se sentirán orgullos de esa herencia los futuros herederos?”.

Enseñar a ver

César Manrique tuvo una constante durante toda su vida, “la obligación de enseñar a ver”. Pero ¿qué vio César en el paisaje de Lanzarote cuando todo el mundo lo veía como una isla fea, seca, pobre…, una isla de camellos? “César recibió el encargo de un mural para el primer centro turístico que se abría en Lanzarote y se le pidió que mostrara las cosas bonitas de la isla. En el mural puso a tres personajes pobres, en una tierra quemada, soportando un viento terrible, caminando sobre cenizas volcánicas y con un árbol muerto de sed. ¿Eso era belleza? Lo que César quería mostrar era la verdad y la singularidad de Lanzarote y sobre eso mostraría su utopía”, indicó Alfredo Díaz.

Esa singularidad de Lanzarote la quiso mezclar el artista con la modernidad. “Ese era el reto irrenunciable y su utopía, un compromiso con la isla con su patrimonio natural y cultural y con control del crecimiento turístico. César vio el modelo de turismo que estaba llegando a Tenerife y Gran Canaria que no respetaba el patrimonio cultural y natural y no le gustó nada”.

Para conseguirlo Manrique contó con las complicidades positivas. La casa del artista, que se ha transformado en una herramienta de comunicación, se convierte en un lugar de reunión y de afines a su idea. “Amigos y artistas venían a visitarle a Lanzarote y les contaba su idea de mostrar al mundo la belleza primitiva de Lanzarote bajo el compromiso de su preservación para generaciones futuras. Cuando volvían a sus países de orígenes hablaban de él y Lanzarote comenzó a ser conocido. Cuando el eco llegó a Madrid, las autoridades empezaron a hacerle caso. Manuel Fraga Iribarne, ministro de Turismo, apostó por César Manrique. Al régimen franquista le interesaba una apertura al exterior y César era todo ello, por lo que el artista comenzó a recibir dinero para sus proyectos”.

Manrique creía que la creación de una industria turística era la manera de generar riqueza y futuro para la isla de Lanzarote, salvaguardando por encima de todo el patrimonio natural y cultural de la isla. De esta manera comienza a crear en Lanzarote el conjunto patrimonial de arte público más importante del siglo XX.

Sin embargo, en pocos años el suelo de la isla comenzó a ser objeto de una galopante especulación. Entre el 1965 y 1985 Lanzarote vive un proceso adecuado, integrador, redistributivo de la riqueza y modernizador. “Su obra es tránsito de una sociedad tradicional a una sociedad moderna, pero llega la ceguera por la ambición desmedida”.

La isla entra en el circuito del capital internacional, mucho dinero en poco tiempo, fuertes operaciones inmobiliarias de compra ventas de terreno y ejecuciones. “César denunció a los especuladores inmobiliarios de cualquier color político e incomodó al poder”, dijo.

“La sociedad de Lanzarote es una sociedad sin tiempo. Hemos crecido tan rápido en tan poco tiempo que no hemos asimilado los cambios. Pasamos de conducir un camello a un coche de alta gama. Lo que necesitan las sociedades es tiempo, calma, reflexionar y ver. Lanzarote corría el riesgo de morir de éxito con un grupo de señores llenos de codicia repartiéndose la isla y en paralelo a la corrupción. Junto a la corrupción aparece algo tremendo que es la resignación. Estamos vendiendo el paraíso no solo los especuladores, sino también los ciudadanos que miramos hacia otro lado y nos resignamos diciendo que todo el mundo lo hace”, añadió Díaz, que quiso terminar su exposición con un frase de 1985 del artista conejero, “todo se puede corregir, depende del entusiasmo de tener una verdad en las manos y una valiente y honrada decisión….”.

En Lanzarote está mi verdad

El escritor Alexis Ravelo que ha regresado a la novela negra con ‘La ceguera del cangrejo’, una inquietante trama sobre la corrupción en Lanzarote y el activismo ecologista de César Manrique, explicó a todos los asistentes a la conferencia que tuvo que empaparse del artista y visitar a menudo su Fundación para escribirla esta obra. “En mis recuerdos de crío, César era un señor que salía en la tele, alguna vez en bañador, gritando cabreadísimo en una playa contra la arquitectura fascista, mientras mi padre decía de él que tenía unos cataplines que pocos tenían. Una de las cosas que me impresionó fue escucharle decir “en Lanzarote está mi verdad”, una frase que dijo cuando dejó Nueva York. Cualquier otro artista no habría vuelto a Canarias ni de coña, sin embargo, él decide volver, leer el paisaje y modificarlo para conservarlo. Ahí es nada”.

Alexis Ravelo se mostró convencido de que César tenía los pies muy puestos en la tierra y sabía cómo el turismo influiría en el desarrollo económico del Archipiélago. “Era un visionario con los pies puestos en la tierra y sabía lo que se nos venía encima: el desarrollismo depredador, ese turismo de sol y playa, de turismo vertical, de cientos de camas en pocos metros cuadrados. El intuía que venía todo eso y quiso adelantarse a esa jugada de una manera muy inteligente, demostrando que el turismo podía servir para desarrollar la isla pero también para conservarla. En esos años hubo más de uno que se puso al servicio de los desarrollistas, pero César no. Le podía haber salido muy rentable pero mantuvo su ética”.

Para el escritor, pensar en el modelo creado por Manrique va mucho más allá: “nuestras autoridades deben estar ahí para regular la actividad económica y ponerle límites cuando alguien toca con lo público. Cuando el poder político se pone a los pies del poder económico tenemos un problema”, advirtió.

Ángeles Alemán, profesora titular del Departamento de Arte, Ciudad y Territorio de la ULPGC, abordó la faceta del artista como pintor, al que tuvo la suerte de conocer. “Una persona divertida, generosa y vitalista que marcó la modernidad en Canarias. César le daba a todos los estilos, desde el realismo mágico con pinturas muy sencillas pero que resaltaban los objetos que deseaba, hasta el primer mural del parador de Lanzarote realizado en 1950 en el que refleja la pobreza material de Lanzarote con personas descalzas, influenciado por la pintura de Luján Pérez”.

César es también un precursor en la pintura y un gran visionario. Tras su periplo por Madrid y Nueva York, al final de los 60 decide regresar a Lanzarote y convertir la Isla en su gran obra de arte. “Su sentido estético abarca desde las lámparas para los Jameos del Agua hasta su pintura. Tenía un gran sentido de la composición, su paso por la academia le había dado las herramientas para componer siempre bien. Son obras muy abstractas pero muy equilibradas, plenas. César era un gran compositor. Un artista con un nivel estético muy alto. Sin duda el mejor embajador de Lanzarote ante el mundo artístico”

Hay que recordar que el artista César Manrique nace en Arrecife hace un siglo. Procedente de una familia de clase media, estudia arquitectura técnica y pintura. Desarrolla su carrera a mediados de los 40 en Madrid donde comienza a vivir de su pintura y posteriormente en Nueva York, ciudad que abandona asqueado por parecerle alienante y artificial. Vuelve a Lanzarote a finales de los años 60 donde plasma su filosofía del arte y de la vida, diseñándola a su imagen y semejanza, en permanente disputa con la especulación inherente a un territorio marcadamente turístico.

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