Las plazas de Guía de Gran Canaria, un conjunto urbano versátil y dinámico

Javier Estévez

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Desde su origen, Guía, y más en concreto, sus plazas, han sido una construcción humana, social y económica, en permanente evolución. Hoy en día nadie duda de que este conjunto, máxima expresión del espacio público, es un referente en el cual los ciudadanos se reconocen como miembros de una comunidad y recrean su historia colectiva, a la vez que impulsan el cambio y la innovación, elementos esenciales en la ciudad. No es de perogrullo afirmar que las plazas, como ​ lugar, ​ se presentan como resumen, como pasado, presente y futuro, como orgullo y símbolo de la ciudad. En Guía, concretamente, la primera plaza, surge en el siglo XVI gracias a la donación particular de una parcela.

Su destino fue acoger el mercado, actividad comercial que dio carácter e identidad a la entonces villa. Dicho mercado agrario alcanzó tal dimensión e importancia que fue necesario adquirir en la primera mitad del siglo XIX una huerta colindante a la explanada de la iglesia para la ampliación del mismo. Este es el origen de la actual plaza de Luján Pérez o plaza Chica, como es conocida popularmente, que desde su origen, en 1835, pasó a denominarse Plaza del Mercado.

Pero fue durante el siglo XIX cuando las plazas se convierten en soporte para múltiples actividades, transformándose, además, en un espacio político, de relación e intercambios sociales. Desde entonces, la historia de estos espacios nos muestra un lugar que se comporta como un ente vivo y complejo, producto de una construcción social a través del tiempo. Las plazas han sido, tradicionalmente, el espacio de la ciudad con mayor dinamismo y mejor adaptación a las modas y necesidades que ha demandado continuamente la población. Por eso, a lo largo del tiempo, se ha mostrado siempre como un espacio dinámico y versátil, un lugar, como pocos en la historia urbana de Guía, que concentra entre sus límites tantos éxitos y fracasos. Urbanísticos y estéticos.

De este modo, la incorporación y desaparición es una constante en este espacio a través del tiempo. De modificaciones en sus alineaciones y rasantes, de ampliaciones y reducciones en su superficie, de continuos cambios en los materiales que lo conforman o en su paisaje vegetal. Personalmente creo que uno de los espacios internos de este conjunto que mejor ilustran y ejemplifican el espíritu y la identidad de este lugar, su versatilidad, este rasgo o característica de cambio y adaptación continua, es la pequeña plaza Anatoly Karpov.

En menos de un siglo, este lugar ha acogido un bellísimo pilar de cantería que fue sustituido en 1926 por un templete o kiosko de la música de reminiscencias arquitectónicas greco-latinas. El templete fue derruido en 1961 para levantar en su lugar un habitáculo que acogió en su interior una biblioteca municipal y en su forjado diversos usos siempre efímeros. Hasta que en 1992 se eliminó para despejar el espacio y dar forma a la pequeña y actual plaza Anatoly Karpov. Cuatro usos distintos con cuatro elementos arquitectónicos diferentes en apenas noventa años.

El resto de plazas cuentan también en su historia reciente con una constante incorporación y eliminación de mobiliario urbano como balaustres y bancos que se instalan y luego se retiran para ser sustituidos por otros más modernos y funcionales. O la jardinería que ha visto como las araucarias, mimosas, ombúes, livistonas, palmeras, pándanos, álamos y plátanos de sombra que se plantaron en tiempos pretéritos, fueron talados para ser reemplazados por los actuales ficus, dragos y flamboyanes.

A través de una lectura histórica del lugar se extrae un aprendizaje fundamental que debiera estar presente en cualquier planteamiento que se haga sobre este espacio: es indudable que la identidad de este conjunto se basa en su incuestionable condición de espacio libre al servicio de la ciudad, pero cuyos principales rasgos y valores a lo largo del tiempo los ha definido siempre su versatilidad, es decir, su histórica capacidad para adaptarse rápida y fácilmente a las diferentes funciones y usos que ha demandado la sociedad. Esa es su verdadera identidad: el cambio constante y necesario de su fisonomía, sin renunciar nunca a su uso y a su utilidad social.

Actualmente, no hay discusión alguna en la percepción que se tiene del conjunto de las Plazas como un espacio urbano peculiar que ha perdido su condición de centro neurálgico de la ciudad para ocupar un lugar irrelevante en la misma. Quizás las causas sean el excesivo protagonismo del coche, la competencia de nuevos espacios libres creados por la expansión de la ciudad y los cambios en los hábitos sociales de los ciudadanos. Por eso hay que actuar en las plazas, para propiciar la recuperación del atractivo que tuvo este histórico espacio público de la ciudad.

Sin embargo, ha surgido una reciente discrepancia en cuanto a la escala, forma e intensidad de las intervenciones necesarias para recuperar su importancia, su atractivo y su histórica condición de centralidad urbanística y social.

En este sentido, debemos de recordar que la propuesta ganadora del concurso de ideas, que no era vinculante, y que convocó el ayuntamiento dentro del proceso participativo, generó muchas ilusiones entre la ciudadanía ya que aunaba numerosas proposiciones surgidas en los diversos encuentros realizados. Y porque ponía de relieve las posibilidades que tiene el actual conjunto de plazas para integrar y mejorar su accesibilidad y movilidad, la creación de espacios de diversidad, de seguridad y de vitalidad urbana. Sin embargo, un colectivo ciudadano ha reaccionado contra dicha propuesta calificándola literalmente de atentado urbanístico que viola y destroza la identidad y el valor histórico del lugar. Este colectivo se inclina abiertamente por la conservación íntegra del conjunto, evitando cualquier reforma o remodelación “ya que es primordial para nuestra economía que sigamos manteniendo las plazas tal y como están a día hoy” (sic).

Esta disparidad de visiones en cuanto a una intervención en el corazón del conjunto histórico no es nueva porque la planificación urbana tiene, desde hace décadas, dificultades para adaptar los paisajes del pasado a las necesidades del presente. Y sucede prácticamente en todos los lugares que cuentan con valores históricos, arquitectónicos o artísticos. Nadie, a estas alturas, puede negar que el paisaje cultural heredado es una realidad urbana dinámica donde los problemas de reorganización interna, ya sean de reforma, renovación, protección o recuperación, han estado siempre presentes. Por ello, no existe una vía única de intervención en los centros históricos, primando en unos casos planteamientos conservacionistas y, en otros, posturas enmarcadas en estrategias de recuperación de naturaleza más integral e intervencionista. Pero siempre dentro de la más estricta legalidad. Por lo tanto, este choque de planteamientos diametralmente opuestos, no solo es normal. Es el esperado. Y hasta saludable. Sin embargo, muchos se preguntan qué pasará si la propuesta ganadora del concurso de ideas evoluciona a un proyecto básico que respete íntegramente la legalidad vigente (como no podría ser de otra manera), y conserve alineaciones y rasantes y todos los elementos singulares urbanos que la normativa de aplicación contempla y exige.

En la vida de una ciudad, en cuanto realidad viva y dinámica, las plazas han sido siempre un reflejo de la diversidad y la complejidad urbana y social, pero también de la calidad de vida de su habitantes. Yo solo espero que esta diversidad de pensamientos en cuanto a qué hacer con este conjunto, evolucione a un debate cívico, técnico y político, que nos permita a todos los interesados aprender a escuchar el territorio y a cómo actuar en el lugar.  Porque la ciudad que entre todos construimos no es el problema. La ciudad es la solución.

Javier Estévez ​es geógrafo y escritor

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