Los móviles

Santiago Gil  //

Todos estamos esperando el pan. Está en el horno. Hace años la gente hablaba en lo que salía el pan, o miraba los detalles de la panadería y pensaba en sus cosas.

Hay casi veinte personas. Estamos en una calle de la zona de Triana, pero podríamos estar en cualquier lugar del planeta. Todos miramos a las pantallas. Huimos los unos de los otros. Todo el mundo tiene que escribir un texto urgente o ha de leer un mensaje que no puede demorarse. Hasta que no nos llega el olor del pan, el mismo olor que olieron nuestros antepasados tantas veces, no reaccionamos.

Luego sales a la calle con el pan caliente y parece que la vida sí tiene sentido, que la vives, que la sientes, como tiene sentido ese olor del pan que se va cociendo a fuego lento en el horno desde hace miles de años.

La noche anterior estaba en un concierto en el Auditorio y delante de mí un señor sacó su teléfono cuando todo estaba a oscuras. Uno pensaba que miraría un momento un mensaje urgente o que se le había olvidado apagarlo, pero aquel señor miraba fijamente su aplicación de whatsapp mientras sonaba la música. No estaba atento a la música sino a la pantalla. Miraba una foto y un texto y no paraba de actualizar el teléfono para que no se le apagara.

Esperaba una respuesta y nos encandilaba a todos con esa luz molesta que estoy seguro que también estaba distrayendo a los músicos. Alguien a su lado le pidió que lo apagara. Lo apagó, pero a los dos minutos no pudo contenerse y encendió de nuevo la pantalla. Me acerqué y le dije que, estando justo delante, la luz de su móvil me alejaba de la concentración necesaria para disfrutar de la música.

Lo volvió a apagar, y al poco tiempo lo encendió de nuevo. Me olvidé del concierto y lo observé. Parecía un hombre con síndrome de abstinencia, dependiente de ese parpadeo para poder seguir viviendo. Si yo hubiera sido él, me habría marchado, pero se ve que no quería alejarse de la mujer que estaba a su lado. Fue esa mujer la primera que le pidió que apagara su teléfono y tampoco le hizo caso. Pero no solo era él quien tenía el teléfono encendido en aquel momento.

Algunos hasta sacaban fotografías incumpliendo las normas que anunciaron antes del concierto. Hay poco que hacer, y al final gana la barbarie cuando se junta, y cuando la falta de educación va ganando cada vez más espacios en los cines, en los teatros y hasta en los funerales.

Salgo a la calle. Casi todos miramos las pantallas, otra vez como si tuviéramos pendiente de un asunto importante, como si fuera necesaria alguna decisión nuestra para que todo siga adelante.

Y casi siempre estamos pendientes de temas sin importancia, fungibles, intrascendentes, y nos cruzamos sin mirarnos todo el tiempo, y solo el pan, el olor del pan, o la música de los violines de aquel concierto, son las únicas verdades en medio de un parpadeo de pantallas que no cesa.

CICLOTIMIAS

Hay caminos que solo pueden atravesar las sombras.

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