La igualdad

Santiago Gil //

No solo es el 8 de marzo. Las fechas son avisos en los calendarios, pero la realidad se escribe cada día, en cada casa, en cada puesto de trabajo, en cada gesto. Sin radicalismos, reivindicando la igualdad, porque sin igualdad no se puede hablar nunca de una sociedad justa, no se puede pronunciar la palabra democracia sin ruborizarnos, y tampoco se puede evolucionar, mejorar, seguir avanzando hacia un mundo más habitable.
La mujer ha vivido durante muchos siglos sojuzgada e ignorada en una sociedad creada a imagen y semejanza de los hombres. Creo que ese escenario ha cambiado mucho en estos últimos cuarenta años, pero no lo suficiente. Siguen existiendo desigualdades laborales y salariales, y numerosas situaciones de injusticia. Pero últimamente se están radicalizando las posturas, con hombres y mujeres enfrentándose sin ninguna intención de entenderse y de lograr esa igualdad tan necesaria.
Vale que los cambios, cuando la situación es insostenible, tienen que ser drásticos, pero no podemos dejar que a los hombres nos representen los machistas, los más ultramontanos, ni que las mujeres que luchan por esa igualdad sean las que buscan el choque frontal que solo sirve para avivar el otro extremo.
Creo más en la lucha de las mujeres y de los hombres que quieren acabar con las injusticias y las discriminaciones. Creo en los gestos y en los pequeños detalles cotidianos, en las pequeñas revoluciones de los entornos cercanos, en la educación, sobre todo en la educación, más que nunca en la educación, porque ahí está la clave de todo, de la igualdad y de la tolerancia. Yo le debo casi todo lo que soy a las mujeres.
No sería periodista o escritor si no se hubieran cruzado en mi camino las mujeres que me enseñaron Lengua y Literatura, las que me enseñaron con su ejemplo, siendo espejos todo el tiempo, la naturalidad de la relación entre mujeres y hombres. En aquellas clases no había más diferencia que el esfuerzo y el interés, y así he tratado de estar donde he trabajado a lo largo de mi vida.
Cuando escribo novelas, la mujer me parece siempre mucho más profunda y con más aristas que el hombre a la hora de asomarme al mundo a través de la mirada de un personaje. Las mujeres son las mejores lectoras, las que más me aportan y las que logran ver mucho más allá de los textos que escribimos.
Ese 8 de marzo lo reivindico para todo el año, para toda la vida, porque es verdad que a veces, sin darnos cuenta, podemos caer en el error de normalizar lo que es una desigualdad palpable, y entonces reaccionamos y corregimos, porque todo existe para que mejoremos, desde el consenso y el acuerdo, nunca desde el enfrentamiento y el agravio. Tengo una hija y solo aspiro a dejarle el mejor de los mundos, y el único mundo que concibo se escribe a partir de la igualdad de oportunidades.

CICLOTIMIAS

Como esa gota de agua, así es la memoria de la vida.

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