Aprendiendo a montar en moto en Cuba

VIVENCIA DE NUESTRA GENTE NUMERO 27

por José Juan Jorge Vega

En el mes de febrero de 2.012 yo pensaba comprar una casa en Cuba, concretamente en Santi Spíritus y quedarme a vivir allí, con una buena señora que había conocido, durante la mitad del año. La otra mitad la pasaríamos en mi casa de Las Palmas de Gran Canaria. Y así compartíamos el año. Ella estaba totalmente conforme, pues la intención además era que dejara su trabajo de Veterinaria en unos laboratorios del estado, pues lo que ganaba significaba al cambio unos 10/12 euros al mes. Solo estaba a la espera de vender uno de mis pisos en Las Palmas capital.

Habíamos visto una casa con un terreno alrededor de unos 1.000 metros cuadrados que nos gustaba mucho y la teníamos tratada con su dueña en 12.000 dólares. Allí son muy baratas, y solo estaba a la espera de vender una mía. La casa estaba situada en las afueras de Sancty Spíritus y pensé que para moverme por el pueblo lo mejor era comprarme una moto pues los coches, o carros como los llaman allí, están súper caros. Lo hable con mi novia, y le pareció buena idea pues así también la podía utilizar ella.

Estuvimos viendo varios tipos de motos y nos inclinamos por una eléctrica de origen chino o coreano. La moto estaba bastante bien para lo que nosotros la queríamos y se encontraba dentro del precio que yo en esos momentos me podía gastar. Un día nos decidimos y fuimos a un pueblo cercano, Cabayguan, a comprarla pues en el nuestro no la había. Mi novia la probo y enseguida se hizo con su control, pues ella tenía mucha experiencia en montar en bicicleta que era su medio de transporte

A los pocos días de tenerla me decidí a hacer una práctica en la misma calle donde vivíamos porque había poco tráfico, y para sorpresa mía no tenía mucho equilibrio y a punto estuve de caerme en dos o tres ocasiones. La calle como por encanto se lleno de gente que se asomaban en las puertas o ventanas de su casa viendo las fatiguitas que yo pasaba dando vueltas y mas vueltas a lo largo de la calle. Ya cansado, pues iba muy tenso, acabe la primera prueba y decidí dejarlo para el día siguiente a ver si se me daba algo mejor.

Al día siguiente, a eso de la media tarde, saque mi moto y me dispuse para hacer la segunda práctica. Iba mas mentalizado que el día anterior y trate de relajarme y no ponerme nervioso. Empece algo mejor y ya no iba tan tenso y dominaba mejor el manillar de la dichosa moto. Ya casi me hacia un recorrido de la calle entera sin detenerme y toda la gente, que no se como demonios se enteraban,  pues la moto al ser eléctrica era silenciosa, estaban ya en sus sitios sin perderme ojo. Hasta que en un momento dado veo que en dirección contraria a la mía venían tres señoras caminando por el mismo centro de la calle, charlando muy amigablemente. Pensé que se subirían a la acera en cuanto yo me acercara, pero las muy “hijas de su madre” ni se inmutaban y seguían charlando tan tranquilas ocupando las tres cuartas partes de la calle. Yo mientras seguía en la moto avanzando hacia ellas y pensando que ellas se arrimarían y me dejarían el paso libre, pero fue como si me hubieran soldado los brazos al manillar pues no era capaz de girarlo y evitarlas. Así hasta que frene bruscamente y me quede justo delante de ellas. Les dije que si no me habían visto y que la acera estaba para algo. Siguieron como si tal cosa pero mostrando una risita de cierto regocijo. Faltó muy poco para atropellarlas. Así acabo mi segundo día de prácticas.

Mi novia también estaba en la puerta de la casa y no me quitaba ojo. Sabía que las tres señoras, a las que conocía perfectamente, lo habían hecho adrede tratando de que yo me cayera. Ha de tenerse en cuenta que las miserias generan muchas envidias. Y fue precisamente este pecado capital uno de los motivos por los que yo, tres años más tarde, abandonara Cuba para siempre.

Al día siguiente, cuando llegaba de dar un paseo a eso de las dos de la tarde, sentí que una niña de cinco o seis años me gritaba desde la puerta de su casa y me preguntaba: “Señor, señor….. hoy va a entrenar”?. Le dije que a lo mejor, pues en verdad no lo había decidido aún.

Estaba claro. Se lo conté a Reina, mi novia, y se partía de la risa. Todo el barrio estaba pendiente de mi para ver cuanto tardaba en darme el talegazo. Yo creo que hasta se cruzaban algunas apuestas. En ese momento decidí que la moto era solo para Reina. No quise correr el riesgo de una caída y de alguna posible fractura.

Y así acabó mi intento de montar en moto y me jodía enormemente porque yo de joven montaba muy bien en bicicleta e incluso en una moto de un cuñado. No me lo explicaba.

Yo me vine de Cuba definitivamente a principios de 2.015 y la moto tiene ahora algo más de cuatro años. Reina, con la que sigo manteniendo una buena amistad, sigue disfrutando de ella.

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