Historias de mi puta mili. Una visión de la vida militar en 1960

VIVENCIAS DE NUESTRA GENTE NÚMERO 26.

por José Juan Jorge Vega.

 

Esta vivencia, aunque me voy a referir a mi propia experiencia durante los veinte meses de mi vida militar, tiene como objeto, o al menos esa es mi intención, darles a conocer con ciertos detalles como era la vida militar en aquella época, que, afortunadamente, no tiene nada que ver con la de ahora. También relataré algunas situaciones graciosas y otras que no lo son tanto.

Por medio de un comandante de artillería me enteré de que teniendo una buena formación se podía hacer en pocos años una bonita carrera militar, pues consistía en hacer el curso de cabo 2º desde que jurará bandera. A los seis o siete meses el de cabo 1º y al año o poco más el de sargento. Entonces era el momento de ir a la academia militar y en dos años se salía de teniente. La idea me entusiasmó y nada más cumplir los dieciocho años solicite la incorporación en Artillería, en donde habían varios amigos de Guia haciendo también el servicio militar.

Me presente en el acuartelamiento de Artillería 94, de La Isleta, en Las Palmas de Gran Canaria, el día primero de septiembre del año 1.960, algo más de dos meses después de haber cumplido los 18 años. Allí nos reunimos unos noventa jóvenes. Nos hicieron formar y luego fuimos pasando por un cuarto y allí nos fueron entregando dos uniformes completos a medida, quiero decir a medida que íbamos pasando, pues al que no le quedaba chico, como a mi, le quedaba largo o muy anchó o muy estrecho. Un desastre que poco a poco fuimos arreglando con los cambios de unos a otros. Como dije nos dieron dos juegos, uno para el paseo y los desfiles y otro para la instrucción. Luego nos llevaron a un barracón muy grande lleno de camas y nos dijeron que cada uno cogiera una y que esa sería la que tendríamos para toda la mili. Enseguida descubrí que la cama me quedaba pequeña y que tendría que dormir con las piernas encogidas, pues la estatura media entonces estaba, creo recordar, en torno al 1,70/1,75  y yo mido 1,83 metros.

Allí nos fuimos conociendo y presentándonos. Había algunos chicos de varios sitios de la península. Serían en total unos cuatro o cinco, el resto éramos canarios.

El más joven de todo el grupo era un chico de catorce años. Se les permitía entrar a tan temprana edad para incorporarse a la Banda de Música. Se les llamaban vulgarmente “turutas”. Todos le queríamos y protegíamos. Era más listo que el hambre. Nunca aprendió a tocar bien la corneta, yo creo que adrede para no hacer las guardias. Pero aun así, cuando le tocaba a él tocar la diana ya todos sabíamos quien era. Era un desastre.

Ese mismo día pudimos comprobar las excelencias de la comida. Un asco. Esa fue la primera desilusión que me llevé pues aquello no había quien se lo comiera. Todos los días había pisto de tomates con gusanos incluidos. Así aborrecí el tomate para toda la vida. Se decía que en Artillería era en donde peor se comía de todos los acuartelamientos de la isla.

Basta un ejemplo: Recuerdo que un día había un comandante nuevo en el Regimiento que estaba de jefe de día. La norma era que de la cocina tenían que llevarle a su despacho una muestra de la comida de la tropa para el darle el visto bueno y que se podía servir. Lo que hacia el sargento de cocina, (que era un sinvergüenza y se estaba forrando a costa de los soldaditos), era que la prueba para el jefe de día la cocinaban aparte. Pero este comandante rechazo la prueba que le llevaron y se fue directo a la cocina a probar la que se iba a servir a la tropa. Como la encontraría que ordenó tirarla a los cerdos y ese día comimos todos huevos fritos con papas fritas y un chusco. Comimos como reyes. Cada vez que ese Comandante entraba de servicio la comida mejoraba.

Bueno, siguiendo con el orden cronológico, ese primer día transcurrió muy tranquilo. Descubrimos con desagrado que las costuras de los colchones estaban llenos de chinches. Un verdadero asco al que pronto terminamos acostumbrándonos. Nos asignaron a cada uno una taquilla con llave para colocar nuestros uniformes y cosas personales y nos dijeron que nos pusiéramos la ropa de faena. También escogieron a varios chicos para  la cocina.

Al día siguiente, a las siete de la mañana, escuchamos la diana por primera vez y a un sargento que iba gritando por todo el barracón dándonos quince minutos para lavarnos, vestirnos con el uniforme de faena y formar delante de nuestro barracón. Nos pasaron nuestra primera lista y de ahí a desayunar café con leche y pan con mantequilla. Era la mejor de las tres comidas. Luego a formar para el primer día de instrucción. A mi me gustó pues como estaba acostumbrado a desfilar desde la época del colegio con la falange, no me costo ningún trabajo. Como era el más alto de mi promoción iba en cabeza de la formación. Ese primer día nos presentaron a un Teniente que era el oficial encargado de nuestra instrucción durante los siguientes tres meses hasta la jura de bandera. También formaban parte del equipo del Teniente varios instructores que eran cabos primeros.

Pronto apareció en mi vida el Teniente Rivero. Era uno de esos militares que disfrutaban maltratando a los soldados. Todo un cobarde hijo de puta. Le vi pegar un bofetón con todas sus fuerzas a un soldado por no hacerle el saludo, porque estaba distraído leyendo una revista; y a mi mismo, sin saber a cuento de que, mientras estaba en formación me dio una patada en el culo, a traición y sin esperarlo, que estuve un tiempo sin poder sentarme bien de los dolores que tenía. Era sin lugar a dudas una mala persona. Me cogió tanta manía que le advertía al Teniente Instructor que tuviera cuidado conmigo, como si yo fuera un delincuente y yo me preguntaba una y otra vez el motivo de esa animadversión.

Estuvimos sin salir del cuartel el primer mes de instrucción y recuerdo lo contento que nos pusimos cuando nos dijeron que nos dejaban salir de fin de semana, de sábado al lunes a las siete de la mañana. Nos hicieron formar a todos para pasarnos revista y comprobar que íbamos correctamente vestidos, con los zapatos lustrosos y bien pelados y afeitados.

Juramos bandera a finales de noviembre y en diciembre hice el curso de cabo 2º y lo aprobé. Ya no estaba tan desprotegído del Teniente Rivero, pues a un cabo ni se le ocurría tocarlo porque eso le costaría muy caro. En alguna ocasión me llego a decir que me mandaría para las guerrillas de África pero yo no le daba mucha importancia.

Pronto apareció el Sargento Vega en mi vida. Pues empezó a seleccionarme, después de la instrucción, para realizar algún trabajo manual, antes de ser cabo, y a controlar a alguna cuadrilla cuando ya lo fui. El trabajo era lo de menos, lo jodido era que mientras tus compañeros se iban a descansar o a sus casas, después de la instrucción, yo me tenía que quedar toda la tarde. Así empece a relacionar al Sargento Vega con el Teniente Rivero.

En el mes de febrero de 1.961 un amigo que estaba en oficinas me preguntó si quería ir a la Península a buscar reclutas. Inmediatamente le dije que si, pues yo nunca había salido de la isla y me apetecía. En mala hora porque el viaje en el barco “Villa de Madrid” fue horrible. Me pase los cuatro días de travesía con mareos y vómitos sin apenas poder comer.

En total fuimos cuatro o cinco cabos y un sargento. A cada uno de nosotros nos habían entregado los documentos de viaje y un macuto con los cubiertos y las marmitas para cada uno de los reclutas que íbamos a recoger. En mi caso eran unos treinta hombres. También nos entregaron las dietas para el viaje, que unidas a algo que me  dejaron mis padres me fui arreglando.

Tan pronto llegamos a Cádiz me atiborre a bocadillos pues tenía fatigas de lo débil que estaba. El viaje hasta Madrid fue malísimo pues el tren era muy lento y hacia continuas paradas. Los asientos eran de rejillas de madera, muy incómodos.

Ya en Madrid saque el billete para La Coruña y compre varios bocadillos y un par de refrescos para el viaje. Este tren era un Talgo y muy cómodo.

Fue una experiencia muy bonita pues pase 15 días en la Coruña sin tener nada que hacer, pues dormía y comía en un acuartelamiento como transeúnte. Al no tener que hacer servicios tenía todo el tiempo libre que aprovechaba para salir a conocer la ciudad junto con dos compañeros que eran también transeúntes.

El único tropiezo que tuve fue con un Sargento que estaba de semana en la batería que yo dormía. Me dio una bofetada porque no me puse de pié cuando el cuartelero dio la voz. Me disculpe diciéndole que no había oído la voz anunciándole porque estaba distraído cosiendo unos botones. Cuando vio que yo era cabo se quedó algo inquieto. Le comunique que lo iba a denunciar. Y así lo hice.

Y así transcurrió el tiempo, hasta que llegó el día en que me entregaron los reclutas que, como dije, eran unos treinta hombres, todos mayores que yo. Desde aquel momento yo era el único responsable de ellos. Hoy lo pienso y era una gran responsabilidad para un chico de dieciocho años, casi inexperto. Sin embargo yo tenía muy claro lo que tenía que hacer. Los mandé a formar para pasar lista y estaban todos. Les entregue a cada uno su marmita y cubiertos y les explique como funcionaba todo hasta el momento de partir. Quedaron acuartelados un viernes para coger el tren el siguiente lunes. Hubieron algunos que me pidieron permiso, incluso algunos de sus padres, para que les dejaran pasar el sábado y el domingo en sus casas con sus familias. Fueron muy pocos porque la mayoría de ellos procedían de pueblos del interior que se encontraban lejos de la ciudad. Les di permiso con la instrucción de que se tenían que incorporar el domingo antes de las  siete de la tarde pues a esa hora pasaría lista y les advertí que si no lo hacían daría parte al comandante de Capitanía como no presentados. Todos cumplieron y no hubo ningún problema.

El lunes siguiente a primera hora, tal como estaba previsto, cogimos el tren que nos llevaría a Madrid. El trayecto duro un montón de horas y si mal no recuerdo llegamos a nuestro destinó a última hora de la tarde. Bueno el trayecto fue regular porque el tren era algo incómodo, y también porque se presentaron algunos problemas con varios reclutas. Recuerdo que hubo una pelea dentro del vagón entre dos reclutas y el revisor quería que yo los separara; estaban hartos de vino y no obedecían a las órdenes que le daba, por lo que opté por dejarlos y que se mataran si querían y así se lo dije al revisor. Al cabo de unos minutos después de haberse dado cuatro cachetones se calmaron y siguieron bebiendo vino.

También recuerdo que dos de ellos se quedaron por el camino, pues bajaron en un apeadero para comprar vino o alguna otra cosa y como allí el tren solo paraba unos minutos para coger y dejar el correo y algún pasajero, se les escapó. No pasaba nada, pues yo les había advertido a la salida de la estación de la Coruña que se prohibía bajar del tren. Era imposible controlarlos a todos uno por uno. Yo me limitaría a dar parte a mi superior en Madrid y sin problemas para mi de ningún tipo.

Tengo que destacar que la mayoría de ellos se portaban muy bien y con mucho respeto hacia mi e incluso me invitaban a comer pan con chorizo que recuerdo que estaba riquísimo pues eran productos que los hacían sus propias familias en sus fincas. La verdad es que más de una vez  comía gracias a ellos, pues apenas me quedaba dinero.

Cuando llegamos a Madrid, en un punto determinado junto a la estación los formé y pase lista; luego le di las novedades y el informe de la pérdida de los dos hombres a un Teniente, que desde aquel momento era el máximo responsable de toda la expedición formada por más de cien hombres; a pesar de que cada uno de nosotros seguía siendo responsable de controlar a los suyos.

De la misma estación de Madrid cogimos otro tren que nos llevaría a Sevilla. También fue un viaje agotador pues pasamos la noche en el tren sin apenas poder dar una cabezada de lo incomodo que era. Llegamos al día siguiente por la tarde-noche sin apenas haber comido, pues el que no tenía perras para comprarse un bocadillo se quedaba en blanco. Yo escapaba, como ya dije, por lo que me daban “mis hombres” pues todos llevaban chorizos y otros tipos de embutidos y la verdad es que no pase hambre. Se portaron muy bien conmigo. Pero fueron veinticuatro horas de un viaje para olvidar.

 

Era un Viernes Santo por la noche cuando llegamos a un acuartelamiento en el centro de Sevilla y todo lo que nos dieron de cenar fueron huevos sancochados. Y como no había otra cosa nos atiborramos de huevos duros. Luego algunos de los cabos nos dimos un garbeo por la ciudad, pero estábamos tan cansados que pronto regresamos al cuartel para acostarnos a dormir y recuperar fuerzas.

Al día siguiente embarcamos en Sevilla en el muelle del río Guadalquivir. Que maravilla, pues el barco va muy despacio y vas viendo las dos orillas con sus toros bravos por ambos lados y unas vistas preciosas. También es muy hermoso la operación para entrar en el mar con las exclusas de llenado y vaciado para salvar el diferente nivel del agua. Este viaje desde Sevilla a Gran Canaria lo pase mejor y no me maree tanto, pues también cogimos mejor tiempo.

A varios de los cabos que habíamos ido a buscar a los reclutas nos nombraron instructores y a mi también me toco. Consistía en enseñar a los reclutas todo lo concerniente a la vida militar, a la disciplina, a desfilar, y por último el tiro al blanco. Me gustaba y me divertía mucho. El sargento o el cabo primero, en muchas ocasiones en la ultima fase de la instrucción me dejaba llevar a mi solo la formación marcándoles el paso y dirigiéndolos. Me sentía francamente bien. Recuerdo que en una ocasión el listillo de la reclutada, (siempre hay alguno), quiso vacilarme y lo mande a salir de la formación y a dar diez vueltas a la tropa corriendo y con el fusil en alto. Nunca más se atrevieron a vacilarme, ni él ni ningún otro. Luego fuimos buenos amigos. El lo entendió. Incluso nos hemos visto varias veces en la vida civil, pues era el responsable de un buen restaurante en Lanzarote al que yo acudía a comer alguna vez cuando iba a la isla a trabajar.

La instrucción se hacía por las mañanas por lo que a la hora del mediodía todos los que teníamos pase pernocta nos íbamos para casa.

Pero un día que tocaba enseñar a los reclutas a saltar el plinto y el caballo o potro, hice una tontería que me costo cara. Yo todos esos saltos los dominaba porque pertenecía a un club de gimnasia artística en mi pueblo, Guía, y ese día me dio por hacer una exhibición: salto del potro y del plinto con los pies rectos y juntos, formando una línea paralela con el aparato; salto del ángel…. etc. La verdad es que era la envidia y admiración de todos. Yo me sentía como un pavo real.

En el cuartel los veteranos te recomiendan que la mejor táctica es decir que no sabes hacerlo. Así que yo me equivoqué con el lucimiento en los saltos de los aparatos, porque el teniente instructor de inmediato me eligió para que enseñara a saltar a los más torpes…..!pero por las tardes!; motivo por el cual no me podía ir al mediodía sino a última hora de la tarde o ya me quedaba a dormir en el cuartel; vamos todo un “premio” a mí tontería, que duró ocho o diez días, pues con algunos reclutas tuve muchos problemas, ya que por mucho que se lo explicaba y demostraba con saltos simples pues solo se trataba que saltaran por encima del aparato, no había manera de que le perdieran el miedo pues con frecuencia se daban tremendos golpes en sus genitales, y les tenían terror. A dos o tres los deje por inútil y así se lo dije al Teniente que lo dio por terminado.

Aún así, esa fue una etapa muy bonita de la que guardo un grato recuerdo. Pues la labor de instructor que estaba haciendo era la que más me atraía de la vida militar.

Cuando los reclutas juraron bandera todos los instructores, que entonces estábamos rebajados de servicios, empezamos  a hacer guardias, vigilancias, etc.

El sargento Vega me siguió eligiendo para controlar alguna  cuadrilla en algún trabajito y de paso joderme la tarde. El teniente Rivero seguía amenazando que me enviaría para África. Y a todas estas yo me apunto para el próximo curso de cabo primero.

A veces los problemas se solucionan de la manera menos esperada e imaginada. Les voy a contar como se arregló el asunto del famoso sargento Vega, el de los trabajos. Un día a eso de las dos de la tarde yo me disponía a salir del acuartelamiento y en un momento dado, casi llegando al cuerpo de guardia, me llama el comandante Villalobos, “mi padrino”, que salía en ese momento de su oficina y me dice, alzando la voz: Pepe vas a bajar y yo le conteste: si mi Comandante; pues ven y baja conmigo, me dijo. Me fui hasta su coche y después de saludarle reglamentariamente me subí en él y le di las gracias. Cuando pasamos delante del cuerpo de guardia todos se levantaron y saludaron militarmente. Yo, lógicamente, salude también al Sargento.

A todas estas el Sargento Vega, que estaba de guardia,  conversaba con un chofer que estaba de servicio con el  Jefe de Día. Este chofer que se llama Octavio Martín Moreno y que es de mi pueblo y muy amigo mío de toda la vida me lo contó al día siguiente muerto de la risa, sin valorar en ese momento el enorme favor que me había hecho. Al parecer el Sargento Vega se extrañó de la familiaridad del comandante Villalobos conmigo y le preguntó a Octavio: “usted que conoce a ese cabo, sabe si es pariente del Comandante Villalobos; a lo que le contesta Octavio sin inmutarse: “Es sobrino de la mujer”. ¡Bingo!. !Se acabaron los trabajos!.

Nunca más tuve un problema con dicho Sargento. Nunca más tuve que quedarme con ninguna cuadrilla para hacer trabajos por las tardes; es más cuando estaba seleccionando diariamente a los hombres para diferentes faenas a mi me decía: “tu márchate”. Incluso me enchufo como telemetrista, que era manipular una máquina enorme cuya misión era dar las distancias de tiros a las baterías. Me mimaba. A veces incluso me llamaba “tocayo” por lo de mi segundo apellido. Lo bueno de ser telemetrista de aquella antigua máquina alemana era que muchas veces la enfocábamos para la playa de Las Canteras y veíamos a las chicas tan cerca que parecía que las podías tocar. Era la envidia de todos.

Pero parece que todo lo malo se me pegaba. Había un Sargento que era un vago de mucho cuidado. Ignoro porque me cogió manía, pero cada vez que entraba de sargento de semana me obligaba a hacerle todos los partes y el papeleo e incluso, a veces, a formar la tropa y pasar la última lista por las noches después de la cena. Me decía que yo entraba de semana junto con él, por lo que tenía que dormir toda la semana en el cuartel y no podía irme ni el fin de semana. Esto lo arreglé por mediación de otro Sargento, al que conocía por haber sido novio de una prima mía.

En aquella etapa, al haber pocos cabos, estábamos casi todos los días de servicio y eso era agotador, pues cuando no eran guardias eran retretas o vigilancias, a veces salías de una y te metían en otra.

Estaba tan harto que logre que me mandaran al hospital militar para que me quitaran una uña del dedo gordo del pié izquierdo. Así que entre la estancia en el hospital y la convalecencia, estuve por lo menos un mes y medio sin dar golpe.

Cuando te tocaba la guardia en el Castillo, (la cárcel militar), eran dos días seguidos e íbamos doble guardia y por tanto también dos cabos y un sargento. Esas guardias eran muy rigurosas y los cabos teníamos una gran responsabilidad; de día estábamos los dos de guardia y por las noches, a partir de las diez nos relevábamos según nos pusiéramos de acuerdo, cada dos, tres o cuatro horas. En ese entonces y como consecuencia de las guerrillas en la Africa española, habían algunos moros presos, sobre todo un brigada que era un cabronazo y se temía por su fuga. Por las noches siempre pedía ir al baño y había que tener mucho cuidado. Cuando yo estaba de servicio cogía a un soldado y apuntándolo en todo momento con el fusil lo llevábamos a hacer sus necesidades. Aquí las guardias, por tanto eran muy serias.

Durante toda la noche, cada media hora, había que cantar el “alerta” para saber si estaban vigilantes todos los centinelas. Consistía en que el cabo, delante del cuerpo de guardia, decía a toda voz: “centinela alerta” y a continuación iban contestando todos los centinelas, el de la garita número uno contestaba también a toda voz: “alerta el uno” y así sucesivamente hasta la última garita, que si mal no recuerdo, eran seis. Si alguno no te contestaba había que ir a ver que le había pasado. Ocurría pocas veces pero alguna vez algún centinela se quedaba dormido, pues es cierto que estar dos horas en cada turno de pie, sin apenas poder moverte, cansaba mucho y a veces alguno se quedaba traspuesto.

La peor guardia que pase en El Castillo fue una noche que estando yo de turno sentí un disparo en una garita que era conocida por “la garita del diablo”, debido al frío que hacía en aquella zona. Se me pusieron los pelos de punta, pues lo primero que pensé era que hubo alguna fuga y enseguida me acordé de un preso que ya se había fugado una vez y que hacia alarde constantemente de que él se fugaría de nuevo cualquier día. Pues bien, todo eso lo pensaba al tiempo que salía corriendo en dirección a la garita, tomando todas las precauciones posibles. Cuando llego me encuentro al centinela, que era un soldado del último reemplazo, además de mi pueblo, blanco como la cera con unas fatigas que no le dejaban hablar, habiendo incluso vomitado al pie de la garita. Cuando le pregunte que había pasado me dijo que se le había disparado el fusil. Lógicamente lo relevé de inmediato pues en ese momento no estaba en condiciones de seguir con su turno de guardia. Ya más tranquilo me contó que como le había entrado miedo por los ruidos que se oían, había cargado el fusil con una bala en la recámara y con los nervios sin darse cuenta le había dado un golpe en el suelo con la culata, por lo que el fusil se le disparó. Tuvo mucha suerte porque la bala le pasaría a pocos centímetros de la barbilla.

Salíamos de guardia el sábado por la mañana y luego nos iríamos a casa de fin de semana. Pues no fue así, los dos cabos y por supuesto el recluta, estuvimos arrestados todo ese fin de semana. A nosotros por no haberlo asesorado bien. Eso nos dijeron. Una putada más. Y otro fin de semana sin poder ver a la piba.

Y así pasaba el tiempo hasta que empezaron los cursos de cabo primero. Éramos solamente dos alumnos, Nicomedes Naranjo y yo. Las clases eran diarias y por tanto estábamos rebajados de todos los servicios y aunque ya mi entusiasmo por la vida militar había descendido sustancialmente, empece dicho curso con la intención de aprobarlo y ascender, pues la verdad es que no tenía ninguna complicación. Creo que el curso duraba unos tres meses y cuando estábamos más o menos por la mitad me comunican que me tocaban los 45 días de permiso al que teníamos derecho todos los soldados que íbamos voluntarios. Quise aplazarlo pero me dijeron que no se podía que si no los cogía los perdía. Menudo dilema: !45 días de permiso sin ir al cuartel y viendo todos los días a la piba!. El resultado fue que abandoné el curso y me fui de permiso. Y ahí terminó mi proyecto de hacerme militar profesional. La verdad es que todo me salía torcido. !Porque me tenía que tocar ese permiso en ese momento!. Mi compañero aprobó el curso y me daba mucha envidia verle con su galón de cabo primero y a quien tenía obligación de saludar militarmente. Y no solo eso, sino que diez o doce meses más tarde también aprobó el curso de sargento. Siempre me ha quedado nostalgia de no haberlo conseguido yo. Incluso ahora que lo estoy escribiendo y reviviendo.

Bueno, pues las vacaciones se pasan volando y allí me fui a mi Regimiento a hacer servicios como un condenado, pues apenas nos dejaban descansar.

Cuando me faltaban cuatro o cinco meses para licenciarme llega a Canarias un Capitán General que se llamaba Gotarredona y que era un hombre que vivía solamente para la vida militar. Era soltero y no admitía que un militar profesional se casara; hasta el punto que cuando un hermano suyo, que era comandante, se casó, dijo la siguiente frase, (salió en la prensa): “España ha perdido un militar y yo he perdido a un hermano”.

Al poco tiempo de llegar cursó una orden para que todos lo militares, los de tropa, se pelaran al cero la parte que no cubría la gorra y más largo lo que restaba de la cabeza, que era la parte de arriba. La finalidad era distinguir a los soldados que vistieran de paisano, pues en aquella época tenias que estar siempre vestido de militar. Y asimismo ordenó que la policia militar detuviera y llevará al acuartelamiento a todos aquellos civiles que llevarán ese pelado.

Entonces ocurrió un hecho característico de los estudiantes: La solidaridad. De tal forma que muchos universitarios de La Laguna y de los Colegios de Peritos de Las Palmas, se empezaron a pelar igual que los militares. Cuando la Policia militar empezó a llevar al cuartel a montones de estudiantes que después tenían que volver a dejarlos en el mismo sitio, la orden se tuvo que cancelar.

Me faltaba mes y medio para licenciarme cuando me tropiezo con mi amigo Pepe Castellano que estaba destinado en Transeúntes, un acuartelamiento situado en la calle Pérez Galdós de la ciudad de Las Palmas  (justo en donde esta hoy el Conservatorio de Música). Le pregunté que como le iba ya que hacia tiempo que no le veía y me dijo que se iba con los 45 días de permiso y que venía a entregar no se que papeles al brigada Luzardo que era el jefe de Transeúntes. También me preguntó que si me interesaría relevarle en el puesto para decírselo al brigada. Le pregunté qué tal era ese destino y me informa que era una gozada, pues estaba rebajado de todos los servicios y que solamente tenía que ver con el brigada que apenas aparecía por la mañana y luego se marchaba. Que tenia su propia habitación para él incluso con su llave, y que si quería se iba para su casa después del mediodía. Y todos los fines de semana libres. !una gozada!. Lógicamente le dije que si, que me convenía. Que estaba cansado de hacer servicios.

Ese mismo día me llamó el brigada y después de hacer los trámites del traslado, cogí mi macuto con mis cosas de la taquilla y me fui a “Transeúntes”. El mejor periodo de mi vida militar. Allí estaba el Brigada Luzardo que era una buenísima persona y me explicó lo que tenía que hacer: Recibir y registrar si llegaba algún transeúnte generalmente de la península o de alguna otra isla para alguna gestión y comprobar que trajera en regla la documentación correspondiente. Me asignó una habitación con su llave para mi solo con una estupenda cama y sabanas y mantas limpias en donde yo entraba y salía  como si fuera mi casa, pues no tenia que hacer ningún servicio. Todos los días nos enviaban la comida y un servicio de guardia permanente en la puerta principal, con la que yo no tenía nada que ver.

En esa época iban muchos reclutas peninsulares a servir en la África Occidental española, (Sidi-Ifni, Villacisneros y el Aaiún). Pues siguiendo con “mi suerte”, debido a un temporal el barco que llevaba a toda esa reclutada tuvo que desviarse a Las Palmas de Gran Canaria y lógicamente a TRANSEÚNTES. !Yo creo que si en esa época montó un circo me crecen los enanos!.

Bien, pues en contra de la calma total que tenia con algún que otro transeúnte, se me vino a empañar un poco con esos más de cien hombres aún civiles, que tuve que acomodar incluso con colchonetas en los pasillos. Eso el primer día, porque a partir de ahí ellos se las arreglaban solos y la verdad es que no causaron mayores problemas aparte el del espacio, pues ellos se encargaban de sacar y guardar los colchones y mantas y de limpiar la zona diariamente. Yo solo hacia la comprobación de que todo estaba en su sitio y totalmente limpio. Tenía que ir todos los días con un camión a Intendencia, que estaba en La Isleta, a buscar el pan que era lo mejor que se comía en el ejército. Prácticamente era lo único que tenía que hacer en todo el día.

Y así de esta manera se pasaron volando los 45 últimos días de mi vida militar que finalizo concretamente el día 30 de Abril del año 1.962.        

Antes de terminar he de decir que Nicomedes Naranjo no siguió en la vida militar. Estuvo un año mas y luego se licenció de Sargento para más tarde ingresar en la policía secreta con la categoría de Inspector. Hizo toda una carrera que yo también pude haber hecho.

La vida militar en esa época era muy dura e injusta y si encima encuentras a alguien que en vez de ayudarte te la complica más por el simple deseo irracional de hacerte daño, pues da como resultado el que se echen por tierra tantos proyectos como el que tenía yo.

 

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