Por la gracia de Sancho de Vargas

El paseo por el centro histórico de Guía es un baño de arquitectura en un entramado en formato castellano. Es de los pocos núcleos asentados fuera de un poblado indígena

por Juanjo Jiménez//

En tiempos de Conquista un soldado cántabro de solo 20 años se apunta a la guerra de Canarias para la corona castellana. Era Sancho de Vargas, al que los repartimientos pagaron generosamente su entrada en la isla otorgándole las tierras sobre las que hoy se asienta Santa María de Guía. La entonces villa creció en torno a una ermita construida por Sancho y dedicada a la Virgen que da luz y guía a los navegantes que se adentraban en aquél tenebroso Atlántico. Su entramado urbano, de formato castellano, se levantó sobre una loma respetando las inmejorables tierras de cultivos que le otorgó su prestancia.

Viera y Clavijo dejó por escrito en el siglo XVIII que Santa María de Guía “está en sitio alegre, sano, llano y de buenas aguas. Intitúlase también villa, y sin duda es el pueblo mejor de más lustre después de la capital”.

Aquél lugar tan aseado que encontró el sacerdote, historiador y biólogo en el norte de Gran Canaria tiene la rareza, que comparte con muy pocos puntos de la isla, de levantarse sobre tierra nueva, al contrario que prácticamente el resto isleño donde los primeros colonos europeos se afincaron sobre los consolidados núcleos poblacionales de los antiguos canarios.

Fue un soldado, Sancho de Vargas, el que posó la vista a las pocas leguas del centro urbano de Gáldar para levantar una ermita entre los años 1504 y 1508, según las fechas que aporta el historiador Antonio Rumeu de Armas y en torno a la que, al igual que en la efervescencia de la sal de fruta cuando se le echa agua, se erigió casi al instante una primera villa. El cántabro Sancho de Vargas se apunta, con apenas 20 años, a los juegos de la conquista y al parecer con mucho éxito, porque es merecedor de grandes repartimientos de la comarca norte.

Canarias, a finales de aquél siglo XV que lo vio llegar, se ubicaba en un tenebroso océano cuyas cartas marítimas dibujaban rutas imprecisas festoneadas por monstruos y demonios que asomaban entre las olas. El Mediterráneo a su lado era casi un charco que se cruzaba desde tiempos remotos de oriente a occidente con los ojos cerrados, pero el inmenso y desconocido Atlántico requería de ayuda divina, de una estrella y guía que el fervor encomendó a la Virgen María.

De ahí la advocación de Sancho, y la toponimia, sumándose así a una tradición que incluye a Guía de Isora, o como apunta el cronista de la vecina Gáldar, Juan Sebastián López, a las portuguesas Nossa Señora da Guia, que incluye su presencia en Brasil o en Azores, como Nuestra Señora de la Guía en Angra do Heroísmo, de isla Terceira, lo que habla de su importancia de ‘la guía’ a la hora de acometer las más complicadas empresas marítimas.

Rumeu de Armas describe que a partir de esa primera construcción “lo demás se hizo por la gracia de Dios y el sudor de los hombres”. Ello en una “tierra próbida y unas aguas abundantes que transmutaron Guía en un auténtico vergel, donde los cultivos de calidad, el azúcar y la vid, convivieron con los ordinarios, cereales, legumbres y frutales, dando al paisaje una nota de ubérrimo esplendor”.

Tal fue así que apenas unos 30 años después el nuevo núcleo habitado se segrega de Gáldar, hasta entonces su matriz, para convertirse en parroquia en 1533. Al igual que por toda la vega, el monocultivo del azúcar hace el resto, incluso funcionando con mano de obra esclava como lo atestigua uno de los últimos descubrimientos arqueológicos, en 2009, en la llamada necrópolis de Finca Clavijo donde se hallaron 14 cuerpos pertenecientes a hombres y mujeres enterrados fuera del campo santo y con ritos propios del África continental. A eso se suma el potente ingenio azucarero encontrado en octubre del pasado año en el barrio de Anzo, muy cerca del actual centro urbano.

En el desarrollo de la primera población el actual centro de Guía se ha tragado a Villa Arriba, otro punto de arranque poblacional que giraba en torno a una segunda ermita, la de San Roque, construida en XVI en una advocación con la que se trataba de paliar los embates de la peste. Pero es en Villa Abajo y su Plaza Grande donde ‘desembocaban’ como en un gran delta todos esos productos y delicias que producía ese campo “de ubérrimo esplendor” descrito por el fundador del Anuario de Estudios Atlánticos. Un animado mercado que muchos sitúan como uno de los más antiguos de Canarias, que bullía de actividad y que atesoraba el que durante siglos se convertiría en la joya de la corona de las medianías viradas al norte, los quesos de flor y también los de cuajo animal.

Un entramado castellano

A partir de esa riqueza la suerte de Guía está generosamente echada, creando un centro urbano compacto, de dibujo urbano típico castellano en el que asentaron además de la potente familia genovesa de los Riberol, propietaria del Ingenio Blanco, buena parte de la nobleza afincada en en Gáldar configurando un entramado que es declarado por méritos propios Bien de Interés Cultural en la categoría de Conjunto Histórico en 1982, presidida por su iglesia parroquial, que recibió la categoría de Monumento Nacional el año anterior.

El área de difusión de Patrimonio Histórico del Cabildo realizaba ayer sábado una de sus visitas comentadas, que se tuvieron que dividir en dos turnos debido a la afluencia, por las calles y recovecos de la hoy ciudad y partido judicial.

El arqueólogo David Naranjo Ortega, a modo de cicerone, arranca el recorrido en la Plaza Grande, para explicar que ese título de ciudad se otorga en 1871 gracias entre otros al que fue diputado por Guía, el teldense Fernando León y Castillo, en la tradición de los llamados políticos cuneros que representaban a otras localidades sin pertenecer al pueblo, pero que luchó por elevar la categoría de la hasta entonces villa. Un gesto que se le reconoce al pasar por la calle Marqués de Muni, en alusión al título que ostentaba.

Esa vía se encuentra a la izquierda del frontis de la iglesia parroquial, edificio que comienza a construirse en 1607 para prolongarse durante siglos con fuertes líos entre patronos y vecinos, paradas de obras durante décadas y la intervención del obispado para culminar su fábrica, en la que también intervino el imaginero Luján Pérez dejando su marca en las torres y fachadas, de recio estilo neoclásico, mientras en su interior se ofrece un atrevido mixturado de estilos colonial, gótico y renacentista.

Tras recorrer Marqués de Muni hay que frenar ante el bar El Siete, donde se encuentra una de las esculturas dedicadas a los protagonistas que han estampado en el planeta el nombre de Gran Canaria a través del queso. Es un galardón escultórico a los que madrugan, ordeñan y aprietan el cuajo recogiendo una tradición que se remonta en el tiempo y cuya evolución culmina con el reconocimiento internacional en certámenes como el World Cheese Awards.

A la vista se encuentra la calle de Enmedio, o de Los Moriscos, donde se localiza la ermita y la casa antigua de San Antonio de Padua, una construcción del siglo XVII donde hoy se ubica el local de la quesera regentada por Julián Melián, en una atractiva combinación de historia, arquitectura y delicias de las medianías. Además muy cerca de allí se encuentra una de las viviendas donde se siguen elaborando los no menos golosos dulces de Guía.

Por Canónigo Gordillo

Así se llega hasta la ya citada ermita de San Roque, donde Villa Arriba, -casi justo en la loma de arranque de Cuesta de Caraballo y que urbanísticamente se une a la de Abajo a medida que transcurre el siglo XVII, conformando un único entorno que tras las últimas restauraciones hoy luce con todo su esplendor. Hay que subrayar que la ermita, de estilo ecléctico, es uno de los polos de atracción durante la Rama de las fiestas de las fiestas de las María, y que se considera una de las más antiguas de la isla.

El rumbiar continúa por la calle del Agua, por donde en su lado izquierdo cantaba la acequia que conectaba las alturas con los cultivos, y que pasa por delante de Canónigo Gordillo, (Santa María de Guía 1773 -La Habana 1844) una figura trascendental no solo para Santa María de Guía sino para el archipiélago. Gordillo, tras ser elegido diputado en 1810 llegó a presidir las Cortes de Cádiz en 1813.

Muy cerca se encuentra el busto del que da marca a la localidad como Ciudad de Luján, al honor al imaginero y que se encuentra justo delante de las Casas Consistoriales, en la que también se conoce como Plaza Chica. Desde ahí se aprecia además la Casa de Los Quintana, pura arquitectura canaria, y cuya familia propietaria figura emparentada a los Guanarteme.

Es hora de entrar en la iglesia principal, con sus tres naves, el artesonado de madera y un camarín tras su retablo mayor. En este monumento es donde Luján Pérez, (Santa María de Guía, 1756-1815), casi tiene la guarda de su estudio y que luce tanto en su estilo arquitectónico como en lo más significativo de su obra escultórica. Allí figuran Nuestra Señora de Las Mercedes, El Señor Atado a la Columna, El Crucificado o Nuestra Señora de los Dolores, parte del elenco creado por una de las figuras más relevantes de la localidad, de la que es hijo predilecto al igual que otro grande, Néstor Álamo, cronista de Gran Canaria y con museo propio.

El centro se encuentra en una contundente casona del siglo XVII, que hace esquina en el número 7 de la calle San José. Dentro exhibe las estancias de la época, las cocinas de mortero, las piedras de molino, antíquísimas alcobas o el prototípico patio canario, todas estancias de libro de la arquitectura y el ajuar isleño para acoger la memoria de un Néstor Álamo que también fue cronista de Teror, precursor de la Fiesta del Pino y una figura clave para la salvaguarda y difusión de la música folklórica.

Un Bien de Interés Cultural, el de Guía, que trasciende entonces del propio entramado urbano en sí, para dar sustento a la deliciosa idiosincracia de la propia Gran Canaria.

publicado en La Provincia, el domingo 30-04-2017

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