Antonio Padrón y Suárez-Galbán

La familia Suárez-Galbán realiza una reflexión sobre la generosidad artística y el descubrimiento de la casa museo Antonio Padrón en Gáldar como un viaje a toda la riqueza del patrimonio del artista en el interior del recinto

Eugenio Suárez-Galbán y Carmen Ana Sierra //

Nunca imaginamos que nuestra visita meses atrás al norte de Gran Canaria nos fuese a deparar el sorprendente y grato descubrimiento de la casa museo Antonio Padrón en Gáldar, para recrearnos con toda la riqueza del patrimonio del artista en el interior de este ejemplar recinto cultural, gestionado con enorme solvencia por su director, César Ubierna, que nos deleitó con todo tipo de explicaciones documentales sobre la vida y la obra de la figura galdense.

La visita despertó nuestra memoria y nos hizo recordar la existencia de tres cuadros suyos en un domicilio familiar de Miami, en el que reside mi hermana Victoria Suárez-Galbán, receptora del obsequio, junto a mi hermana Agnes (ya fallecida), que les hizo el pintor en el verano de 1954. Es oportuno consignar que Severa, hermana de Antonio, había contraído matrimonio con Odón Máximo Guerra, ex alcalde de Guía y tío materno nuestro. Vicky, como la llamamos familiarmente, ha sido explícita ahora en su decisión de devolver esos tres cuadros (Paisajes, Nacimiento y Arlequines) a la casa-museo Antonio Padrón, como avanzaba ayer domingo el periódico LA PROVINCIA/ Diario de Las Palmas. El interés del periódico por esta noticia, el valor indigenista del arte de Padrón, plasmado en buena medida en estos cuadros aludidos que regaló con su proverbial generosidad a nuestra familia, invitan a unas reflexiones por nuestra parte, centradas solo en estas tres pinturas por razones de actualidad e implicación de los que suscribimos el texto.

Z Paisajes

Los colores – gris ceniza, negro volcánico, diferentes matices de amarillo, azul, tornándose verde claro – nos trasplantan de golpe al paisaje canario (al parecer de Montaña Alta de Guía), a la vez que el manejo de tonalidades vuelve a alertarnos de una obviedad que, precisamente por serlo, por ser tan evidente, a veces olvidamos de reconocer conscientemente, a saber, que la esencia de la pintura es eso: el color en su máxima combinación y movimiento de matices. Que Padrón era un maestro del paisaje canario, aspecto ligado al indigenismo isleño, es otro hecho patente que este cuadro evidencia como pocos.

Z Belén o Nacimiento

Algo que impacta inmediatamente de estos tres cuadros a punto de ser donados a la Casa-Museo de Antonio Padrón es la variedad tanto temática como estilística. Al lado de la impresionante muestra del paisajismo canario del cuadro recién comentado, hay un Belén de una originalidad verdaderamente asombrosa. Por la pronto, la pintura no revela de inmediato la Natividad en sí, sino que el espectador tendrá que esforzarse para descubrirla, preguntándose si se omite el tópico del Niño, la Virgen, la cuna, etc., es decir, si se trata de una técnica elíptica que nos induce a adivinar que esa escena tradicional que no aparece estaría dentro de una iglesia, frente a la cual se arrodilla un hombre que, al estar acompañado de una oveja y su cordero, se identifica como pastor.

Hacia este conjunto, que se encuentra en la parte posterior izquierda del cuadro, vuela un ángel que también puede adivinarse cantando el “Gloria in Excelsis Deo”. En la derecha, aparecen dos figuras con alas frente a una humilde edificación en cuyo interior aparece la cabeza de un burro que aclara que estamos ante un establo y que las figuras, claramente femenina una de ellas, representan a la Virgen y San José. Desde una ventana en la parte superior se asoma un rey mago, y nuestra vista es atraída por el vuelo de otro ángel detrás que hace juego con su compañero al otro extremo del cuadro, así encorchetando esta parte superior de la pintura. La presencia de un carnero complementa ahora a su vez la de la oveja de la izquierda, “encerrando” entre ambas el establo, así conduciendo nuestra vista y atención al lugar prominente de la Natividad. Es entonces que el espectador se da cuenta de otro elipsis, que es el del Niño Jesús ausente, omisión, desde luego, que paradójicamente engrandece la “presencia” (ausente) del Niño.

Todo lo anterior queda separado de la parte inferior del cuadro por una plataforma que lo identifica como tal Belén, debajo y delante del cual se ven orando al lado de un pequeño árbol unas figuras, quizá una familia, con el hijo de espalda a nosotros, cuya ambientación – oveja, gallo, gallinas, diversos objetos caseros – los define claramente como humildes campesinos, uno de los cuales podría ser ciego, a juzgar por lo que asemeja unas gafas oscuras.

Una cuarta figura, mujer detrás de la oveja, los observa, quizá sin darse cuenta aún del suceso maravilloso que los tiene embelesado. Ella, y un gallo de un rojo fuerte al otro extremo, ambos situados en una línea semivertical con los ángeles de arriba, cumplen ahora el papel de “apretar” el cuadro hacia el centro.

Por nuestra incapacidad de definir escuetamente ciertos aspectos, se deduce ya lo que de todos modos se ve a primera vista, o sea, que no se trata, ni mucho menos, de una pintura realista, sino de una mucho más cerca a la pintura naif, no solo por esa técnica pictórica que esquiva una impresión de lo real, sino asimismo por los colores de tono nítido – rojo, verde, negro – cuya fuerza se mantiene aun cuando aparecen mezclados con matices más suaves.

Z Arlequines

Si una mirada introspectiva nos fue desvelando paulatinamente la factura y el tema del Belén de Padrón, lo mismo nos es difícil, cuando no imposible, de afirmar en cuanto a esta pintura de tres figuras sobre y dentro de un espacio tan enigmático como ellas mismas. Solo se nos ocurre que se trata de un apunte de una escenificación teatral sobre lo que asemeja una roca frente a un rojo que, recordando la técnica del chiaroscuro, de repente rompe en ráfagas de luz a diestra y siniestra. A la izquierda y arriba, aparece mínimamente lo que podría ser parte de una ventana.

La figura masculina a la derecha podría evocar a un arlequín de Picasso, mientras que la femenina del centro con el abanico, así como la de la izquierda que nos parece de género indefinido, ambas de rasgos faciales reducidos, lucen una vestimenta igualmente festiva. Trátese o no de una escenificación teatral, en todo caso, el color y la intensidad que exuda la unión y actitud conversacional de los tres vuelve a revelar la variedad artística del pincel de Padrón.

Noticia Publicada en el diario La Provincia el 10/04/2017

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