Carta a Olivia Stone

por Javier Estévez

Querida Olivia:

Llegaste a mi pueblo un miércoles. Era el 7 de noviembre de 1883. Lo sé porque te he leído tanto que no es de perogrullo afirmar que te conozco mejor que a muchos de mis coetáneos. Cuando esa tarde entraste en la fonda que estaba junto a la entonces Plaza de La Constitución, no habían nacido aún ninguno de mis bisabuelos. Te escribo desde esa misma ciudad, Guía, pero ciento treinta y cuatro años después. Entonces (¿lo recuerdas, Olivia?) escribiste lo siguiente: “Hay una fonda bastante buena en Guía, a la que llegamos a las 4: 30 p.m. La hora en Guía, sin embargo, tiene siempre un adelanto de treinta y cinco minutos sobre la de Las Palmas, aunque nadie nos pudo explicar la razón.”

Olivia, mi querida Olivia Stone. Sé lo descorazonador que es no encontrar respuestas a tus preguntas. A cualquiera, por muy trivial que sea. Sin embargo, me sorprende lo rápido que actúa el olvido. Incluso en tu tiempo. Cuando abriste tus ojos al mundo, apenas hacía ocho años que en tu país las compañías de ferrocarriles habían sincronizado los horarios de sus trenes con la hora que marcaba el observatorio de Greenwich. Hasta entonces, hasta 1847, cada ciudad y cada pueblo de Gran Bretaña tenía su hora local, que podía diferir de la de Londres, por ejemplo, hasta en media hora. Cuando eran las doce en la capital del imperio, eran las 12.20 en Liverpool y las 11.50 en Canterbury. No fue hasta tres años antes de tu visita a las islas cuando tu país adoptó un horario nacional y obligó a sus habitantes a vivir sincronizados según un reloj artificial y no según las salidas y puestas de sol locales.

Olivia, entiéndelo, por favor. Sin más transporte que las bestias (¡aún era imposible ir en carruaje a Las Palmas!), sin teléfonos, ni radio, ni televisión, ¿quién sabía y a quién le importaba que viviéramos aquí treinta y cinco minutos por delante de la capital? Nunca lo supiste (te quedan pocos años de vida, Olivia, aunque me consta que disfrutarás enormemente de tus días y de tu casa en Dover a la que llamarás Fuerteventura). Nunca lo supiste, te decía, pero la disparidad de horarios se acabó en mi pueblo y en todo el país el primer día del siglo veinte. El gobierno de entonces, alardeando de originalidad (It`s so typical Spanish, as you already know) imitó al tuyo y decretó que la hora oficial sería la del meridiano de Greenwich. A partir de entonces santificamos la precisión y la uniformidad. El canto del gallo fue sustituido por el despertador de un reloj de hierro al que había que darle cuerda de manera artesanal.
Disfruta de la estancia en la fonda, Olivia. Te gustará mucho Guía, lo sé. No quiero despedirme sin confesarte que me hubiese encantado conocerte y guiarte por las calles y callejones de esa pequeña y bulliciosa ciudad que, tras un merecido descanso, saldrás a recorrer.

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