El último laurel Virgen de Guía

Por Javier Estévez

Jacinto se agacha y recoge una pipa del suelo. La estruja entre sus dedos y me la acerca. Huele, me dice. Como un higo, afirma dando luz a su mirada, como quien revela un arcano indescifrable. Jacinto no sabe de botánica, pero tiene una intuición que le ha dado conocimientos y cierta holgura para vivir. Él desconoce que el laurel de indias (Ficus microphylla) es hermano de la higuera (Ficus carica). Pero qué más da, me pregunto. Jacinto tiene más de setenta años y siempre ha visto el árbol así, me confiesa mientras golpea su tronco como quien palmea la espalda de un viejo amigo. Lo conoce mejor que a sus hijos. Toda su vida ha estado bajo su influjo. Cuando se calla, Jacinto tiene una facundia prodigiosa, me acerco y observo el árbol como quien contempla el mar. O un atardecer. Estoy ante el último laurel virgen. El único de aquella generación de árboles que sombrearon con su copa frondosa y legendaria los caminos comarcales. Jacinto desconoce que probablemente este árbol nació en un vivero que estaba en el barranco de Moya hace más de cien años, de donde salieron cientos de laureles, eucaliptos, turbitos y falsos sauces gracias a una inédita fiebre por arbolar el desolado paisaje. Jacinto no sabe que a principios del siglo XX se podía ir de Guía a Gáldar sin apenas ver el sol. De aquella prodigiosa camada, solo este laurel permanece intacto, puro, ajeno a la demencia e ignorancia humana que ha arrancado, talado y podado salvajemente a todos sus hermanos. Todos menos él. Ya no quedan laureles como éste. Y eso, Jacinto sí lo sabe.

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