Retazos de una vida

Erasmo Quintana. autorretrato con 20 años.

Erasmo Quintana  //

Con los años siento que he ido llegando a los helados dominios de un hondo precipicio por el que caeré necesariamente a un invernal estado en la no-vida, del que no hay retorno. A lo que debo añadir, parafraseando al filósofo, referido al tiempo: éste corre lento al comenzar la jornada y vertiginosamente al terminarla.

Nací un dos de junio de 1942, en Gáldar. Vi la luz primera en un pago que se conoce como Lomo Cuarto, camino pendiente en cuesta abajo de escombrera que nos lleva a la playa de El Agujero, y que cuando llovía se formaban grandes surcos convertidos en trampas para los caminantes. La humilde casa natal, propia de labradores, era del siglo XVII, de alto y bajo a dos aguas; en uno de sus costados, el de naciente, se erguía una alta palmera canaria. De esta casa de mis abuelos maternos guardo el vago recuerdo de su patio empedrado y una escalera de piedra azul adosada a la pared. De allí y cuando les fue posible a mis padres, nos fuimos a vivir en una modesta casa que habían adquirido en la calle Violeta de La Montaña, barrio marginal de obreros abandonados a su suerte, al que no llegaba la luz eléctrica ni agua corriente a sus casas.

Vine al Mundo con todas las flaquezas y defectos que les son propios a los humanos. En mi caso, unos tremendos errores cometidos, de los que no he terminado de arrepentirme, son los que, andando la vida me han hecho, creo yo, mejor persona. Las grandes equivocaciones cometidas son el fuego que moldea el duro acero en la fragua. Mis virtudes, pocas; entre ellas, un desarrollado sentido fraterno y una predisposición natural a las artes, al dibujo y la pintura, sensibilidad para la buena música y todo lo que reflejan las altas manifestaciones del espíritu.

Como hijo que soy de la posguerra española y plena II Guerra Mundial, tuve una niñez y mocedad llena de carencias de todo tipo. Me nacieron los dientes ayudando a mi padre en la barbería. Allí se recibía la prensa diaria: Falange y Diario de Las Palmas, lo que fue motivo de mi temprana vocación por la política. También recibíamos la revista Life en Español que el primo de mi padre, Cristóbal Quintana, le enviaba desde Miami; así mismo, Jacinto Pérez Albarracín, que se había criado con él en Cuba, le hacía llegar las revistas Bohemia y Carteles, que yo veía y leía con verdadera fruición, pues aparecían beldades caribeñas con unos bañadores completamente desconocidos por aquí, y grandes reportajes, en uno de los cuales descubrí a Dionisio Ridruejo. Oía con mi padre, al anochecer, las emisoras Radio Pirenaica, con aquellas arengas de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y Santiago Carrillo, y la BBC de Londres, única manera que mi progenitor tenía de enterarse de lo que realmente estaba ocurriendo en España.

A mi edad, la vida pasada se me aparece como una atropellada sucesión de imágenes, vistas en décimas de segundo. Esto es la vida; por más que ella se prolongue, dura menos que un instante. Es decir, que se es septuagenario, y en nuestra percepción casi no hemos vivido. Por ello lo de que el ensueño es a la vida lo que el sueño es a la muerte. Además, soy consciente -cómo no voy a serlo por lo de la inevitabilidad de morir- de que dentro de poco me veré justo en el mismo lugar donde yo estaba cuando Nerón incendió Roma: en la Nada eterna.

En ese suceder atropellado que es vivir, pasa en imágenes relampagueantes todo lo que hemos hecho: un afán juvenil por emanciparme me llevó a ser funcionario de Correos, cartero destinado en Telde, donde visitaba la humildísima casa de un joven José Vélez, al que le llevaba sobres con partituras musicales que adquiría en la Península, en momentos que era el cantante de moda en la orquesta que amenizaba los bailes de La Tropical. Dibujante en el estudio artístico de Publicanarias y en el de BC Publicidad de Antonio Becerra y Leopoldo Cantero; Matrimonio y nacimiento de mis cuatro hijos; decorador y vendedor de instalaciones comerciales con José Delgado Camino; trabajador como oficial administrativo en los hospitales benéfico-sanitarios del Cabildo y después del Servicio Canario de la Salud; ingreso en la UGT sección sanitaria y militante del PSOE canario. Miembro de la Comisión Ejecutiva de la Federación Sanitaria de Sanidad-UGT-Las Palmas; miembro de la Comisión Ejecutiva Local del PSOE-Las Palmas y, con posterioridad, de Guía; Acceso a la Universidad para mayores y Diplomatura de Relaciones Laborales. Soy uno de los cofundadores que ante notario firmaron la creación de la Fundación Juan Negrín, expatrono y extesorero de la misma; concejal de Cultura en el Ayuntamiento de Guía durante dos legislaturas (1999-2007).

Rompimiento mío con el PSC-PSOE por caprichos infumables de los del “aparato” insular, al éstos romper en Guía, sin causa objetiva, el pacto con Coalición Canaria. Nunca he sido hombre de disciplinas impuestas; ya las tuve a mi pesar cuando hice el servicio militar. Por ello que sinceramente no me crea hombre lo que se dice “de partido”. A mí no se me puede mandar por mandar; a mí hay que convencerme. Esto es lo que ha hecho que la experiencia de mi paso por los partidos políticos, no hayan sido todo lo políticamente correcto que debía ser. Lo siento, pero jamás perteneceré de nuevo a ningún partido, porque tienes que renunciar a lo más preciado que podemos tener las personas: la libertad.

Ya jubilado, soy colaborador del periódico La Provincia/Diario de Las Palmas; de UD Radio, así como de los periódicos digitales NorteGranCanaria.es  y  La Casa De Mi Tía.

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