Gustavo Pérez: “El esfuerzo por alcanzar la felicidad es una gran fuente de infelicidad”

El psicólogo guiense considera que en la vida no existen las respuestas simples y apuesta por una reforma educativa que enseñe a pensar y a disfrutar de la curiosidad.

Gustavo es una de las personas más interesantes que jamás he conocido. Honesto y comprometido con ofrecer lo mejor de él, regresó a Guía en el año 2009, donde actualmente vive y trabaja, tras un periplo que duró varias décadas por Madrid, Salamanca y especialmente Barcelona. Este amante de su familia y de su trabajo, se confiesa como un profesional flexible y sensato, cómodo con la complejidad y la incertidumbre, y conectado con su propia humanidad y emocionalidad.

¿Qué te llevó a estudiar psicología?

Creo que fue un descarte. Venía rebotado de una vocación temprana de ingeniero especializado en robótica e inteligencia artificial: un día, con 17 años, después de la lectura de un libro muy sencillo y lúcido, Juan Salvador Gaviota, vi que no había humanidad en ello, sólo reto. Primero decidí no estudiar, entonces me fui a hacer la mili a Madrid, y allí supe que lo único que tenía claro es que no me gustaba que me mandasen (y mucho menos los incapaces), y que mejor haría adquiriendo alguna herramienta útil. Vi que lo que me interesaba era curiosear sobre cómo somos los humanos, y psicología parecía en aquel momento la carrera menos mala para indagar en ello. Es decir: para qué quería yo estudiar la inteligencia artificial si la natural ya es un misterio sin fin. Cualquier ciencia social me habría servido, supongo, pero mi temperamento es más individualista que grupal.

Gustavo, en el viejo ombú del barranco
Gustavo, en el viejo ombú del barranco

Los biólogos aseguran, desde su perspectiva científica, que la vida es un error, una equivocación ¿Somos los humanos una errata de la evolución? ¿Qué opina la psicología actual?

No sé si la psicología tiene opinión en esto, que me parece una cuestión filosófica. Pero sospecho que más que un error es un accidente, y como tal no tiene en sí misma sentido. Sin embargo, lo que tenemos los humanos es una inevitable conciencia de la muerte, y ahí automáticamente se hace dificilísimo vivir sin sentido, así que alguno habrá que buscar: estamos condenados a ser libres y elegir un sentido a un sinsentido.

En una sociedad en la que están de moda la autoayuda y el ‘coaching’, ¿qué aporta la psicología?

Bueno, el término autoayuda es equívoco (todo es autoayuda), pero sobre todo una contradicción conceptual: si existiera un libro de autoayuda que cumple lo que promete, entonces no habría necesidad de seguir escribiéndolos, publicándolos y vendiéndolos. El coaching es una versión con marketing más sofisticado, no sé si tiene sentido en el ámbito deportivo o empresarial, pero lo del coaching de vida y similares son igualmente artículos de consumo fácil (y por tanto, en este ámbito, estériles: la vida es rara y difícil, o al menos no es simple); yo diría que incluso es un negocio piramidal. El trasfondo en ambos casos es que permiten a cualquiera ser un experto en lo humano (que es un derecho individual innegable, pero revestirlo de una autoridad con poco fundamento y venderlo enlatado es quizás irresponsable, sobre todo cuando hay tanta gente deseosa de creer en logus1 que sea). Este peligro también aplica a la psicología, cómo no, pero al menos en intención ésta pretende ser más prudente o más humilde o menos sensacionalista (y por esto no salimos echando el tarot de madrugada en tele5); en cualquier caso, hay una conciencia en la disciplina (no tanto en los psicólogos, que tenemos los mismos vicios y egos que los demás) de que esencialmente no existen respuestas simples, de que la conducta humana no es predecible, de que mucho de lo psicológico es biología y especie, de que es importante argumentar con fundamento lo que haces y dices, y de que si no te recuerdas constantemente que sabemos poco, estamos haciendo el ridículo (y los psicólogos somos muy pero que muy capaces de hacer el ridículo como expertos). Es que, al menos en lo terapéutico, no somos una ciencia explicativa, sino más bien una indagación narrativa (literatura, quizás). Y eso es útil, a veces muy útil incluso, pero no suele haber respuestas simples ni definitivas.

Si dices que no hay respuestas simples ni definitivas, ¿por qué tienen tanto eco y repercusión hoy en día, y especialmente en la redes sociales, esa literatura breve que la sociedad en general considera como verdades absolutas?

Porque una cosa es que no haya respuestas simples, y quizás tampoco verdaderas, y otra es que eso sea soportable: necesitamos creer en algo, pero queremos ahorrarnos la búsqueda, así que las pildoritas coelhianas son como un diazepam para la angustia existencial. Es un placebo que como todos los placebos es muy poderoso, porque te permite creer en algo y sentirte en vereda. Lo difícil es tolerar la confusión, pero a la mayoría le disgusta lo difícil, aunque sea auténtico. Y así al final se huye del dolor y en consecuencia, de la conciencia.  Así se transforma la confusión legítima en una confusión sin sustancia muy anestesiada, pero eso es tan antiguo como la humanidad, sólo que ahora es más fácil y hay muchísimas más posibilidades para esa huida. De todas formas, hay aforismos brillantísimos que siendo breves estimulan la conciencia, pero casi siempre es porque se ríen de lo humano, o porque te crean más dudas. Digamos que son aforismos no angelicales, y eso alimenta con fundamento.

¿Qué relación has tenido con Guía?

Oscilante y dependiente del ciclo vital: hasta cumplir los cinco años viví aquí una primera infancia que recuerdo muy confiada, primaria, limpia. Luego, una segunda etapa que entre los 11 y 14 años mantuvo ese tono inocente, pero que con la adolescencia y estudiar fuera del pueblo me creó una asfixia gus2insoportable, pero que iba más allá de Guía y saturaba la isla: salí a los 16 a estudiar a EEUU un año y ya no paré de estar lejos hasta los 41. Viviendo en Barcelona, poco antes de nacer mi primera hija, sentí por sorpresa que volver a la isla era cerrar un círculo que daba a mi descendencia la oportunidad de otra infancia elemental de familia extensa/pueblo/isla. Es cierto que Guía no me fascina (creo que estos treinta últimos años le han favorecido poco, o menos de lo que podría haber sido, o que está más despersonalizada en su crecimiento) pero valoro lo que me da, que es bastante por ahora. Vine en 2009 de paso, por tres o cuatro meses, y aquí sigo de momento.

¿Hay que alejarse a veces para valorar lo que tienes cerca?

Sí, pero sobre todo en el tiempo, que por supuesto viaja en círculos. Aunque también la distancia deforma a su manera. En cualquier caso, soy un desarraigado, mis apegos son muy justitos y en todo caso a personas; digamos que acostumbro a estar con un pie fuera todo el rato. A veces es una limitación y otras es una ventaja. Siento que no pertenezco aquí (Guía, Gran Canaria) ni pertenecí allí (Madrid, Salamanca o Barcelona); estoy flotando en medio, y de momento respiro bien. Por supuesto, en diez años igual es totalmente al revés y me encuentro una raíz (más allá de la familia); ya veremos.

En los últimos años, se ha escrito mucho sobre la íntima relación que hay entre el entorno, el ambiente, y el estado psíquico de sus habitantes. Desde un punto de vista psicológico, y en función de tu experiencia, ¿hay diferencias entre vivir en las islas y hacerlo en una gran ciudad como Barcelona?

La diferencia es brutal, pero sería un error compararlas competitivamente. Cada realidad tiene virtudes y defectos. Yo he vivido ambas con satisfacción en la medida que eran resultado de decisiones libres y conscientes. Barcelona es un gran ciudad muy habitable, con excelentes servicios y estímulos, con conciencia vecinal de barrio, con dinámica social y política a pie de calle: donde gus3volvería a vivir si tuviera 30 años de nuevo. Pero también tiene una velocidad distinta y que puede saturarte. Tiene más que ver con lo que uno necesita; desgraciadamente, intentar ser coherente con la propia necesidad parece un lujo en los tiempos que corren. Yo me siento privilegiado y agradezco mi buena suerte al pegar volantazos en mi vida. Ahora mismo estoy en proceso de simplificación, de estar en lo primario, así que éste es, de momento, un sitio aceptable.

¿Guía es un buen lugar para ser feliz?

Tiene poco que ver la felicidad (que si existe, dura un par de segundos) con el mundo. No sólo no hay correlatos físicos/geográficos de la felicidad, sino que somos absolutamente incompetentes para predecir y anticipar en dónde y en qué reside. Hay un libro muy lúcido sobre esta imposibilidad nuestra, Tropezando con la felicidad, de Daniel Gilbert que es un comunicador y analista crítico excelente.

Quizás la clave es la tiranía del concepto felicidad. Se pasó del derecho a buscar la felicidad (que es un unicornio de colorines, pero cuya búsqueda puede tener sentido individual) a la meta (autoexigencia) de ser feliz (que acaba siendo un artículo de consumo del primer mundo que por supuesto genera ansiedad y en consecuencia una explosión de psicofármacos, psicoterapias, autoayudas etc.)

Para mí, la mayor ventaja de Guía es la ubicación entre Las Palmas y Agaete, que son dos polos personales de trabajo y ocio respectivamente, y que las noches son frescas en verano (que es un lujo gratis y permanente).

Entiendo entonces que la felicidad no tiene relación con la geografía. Pero, ¿la tiene con el nivel de desarrollo de una sociedad? Te pregunto esto porque muchas culturas primarias, actuales (por ejemplo, los yanomami) y pasadas, desconocen el término felicidad. No existe en su lenguaje.

Exacto. Diría que es una necesidad que proviene de una sofisticación creciente, la cual genera una desconexión con lo primario. Y ahí hay una pérdida de centro, un vacío. En la medida que la visión del mundo y de la existencia se vuelve un proceso menos colectivo y más individual, las referencias escasean. Uno ha de permitirse estar perdido antes de encontrarse, pero la angustia es durilla y gus4necesitamos una fe (que es una fuente de salud mental básica), pero entonces agarramos la que mejor esté envuelta o brille más, como la fruta en el super. La necesidad de ser feliz es el nuevo dios, pero me temo que es igual de elusivo que los demás dioses antropomórficos. El problema en cualquier caso no es la felicidad (que si uno se la encuentra, pues muchas gracias, sabiendo que se disipa con rapidez), sino la necesidad de ella, que me parece un reto absurdo y cansino. Es como un hámster en su rueda: cuanto más corre, más gira la rueda y más rápido debe correr.

Que se muestre actualmente tanta preocupación por las emociones y tanta obsesión por la felicidad, ¿es buen o mal síntoma?

Bueno, si el término es preocupación vamos mal, prefiero interés. Y en ese caso, sí es saludable: la emoción es información esencial de cómo somos y a veces de quiénes somos. Es una puerta a la conciencia, y no solamente una interferencia (eso es la psicopatologización de la vida). Las emociones llamadas negativas no lo son en sí mismas (¿cómo se hace un duelo sin tristeza?, ¿se puede renovar nuestro sistema político sin rabia legítima?, ¿necesariamente hay que tomar antidepresivos si me siento disgustado con mi trabajo?). De la misma manera, las llamadas positivas pueden ser perjudiciales (la euforia tiene una capacidad destructiva muy demostrada). Ahí me llama mucho la psicología budista: lo emocional ha de ser conocido y descifrado, pero por el camino del medio.

Lo de la felicidad ya tiene más tela: es un término que ha quedado tan pervertido que me da un poco de bochorno. Supongo que a veces se llama felicidad a otra cosa que puede considerarse satisfacción o autorrealización, pero no tienen nada que ver. La felicidad es un concepto que como meta es abusivo y desequilibrante; y lo del pensamiento positivo ya es la cumbre del despropósito. Posiblemente el esfuerzo por alcanzar la felicidad es una gran fuente de infelicidad. Es muy ansiógeno. Yo creo que como hay poco peso filosófico en nuestro momento cultural y social actual, nos hacemos estos líos. El antídoto quizás sea una cita que leí hace unas semanas de las últimas palabras de una señora del siglo XVIII: “Ha sido todo bastante interesante”.

Se repite hasta la saciedad que la falta de ética es la causa principal de la crisis económica, política y fundamentalmente humana, que padecemos. Entonces, ¿por qué crees que sobra la filosofía? ¿Por qué todos quieren a Coehlo y nadie a los filósofos?

La filosofía no sobra en absoluto, escasea (los psicólogos, por ejemplo, no tenemos una formación en filosofía: esto es escandaloso). Pero siempre es consciente de su limitación, de su no-absolutez, y esogus5 demanda masticar bien, desarrollar un estómago tolerante a las dudas, y una digestión lenta. Demasiado exigente para una sociedad fast food.

Borges decía que no hay placer más complejo que el pensamiento. ¿Qué opinas?

¿Complejo? Seguro. Y por lo mismo, un ejercicio de equilibrismo delicado. Creo que si uno aprende también a no pensar, el pensamiento se ve muy beneficiado, porque me da que todo es muy taoísta: sin su contrario, nada tiene valor real. Un paciente versado en el proceso alquímico (espiritual) me mostró una vez un grabado medieval con un tipo prendiendo fuego a unos libros: la idea es que llega un momento donde, como Don Quijote, el leer y pensar seca el cerebro, así que hay que vaciarlo y resetearlo. Chesterton decía que el loco no es el que pierde la razón, sino el que no puede soltarla. Claro que, para trascender el pensamiento, supongo que primero hay que aprender a pensar ¡Qué buena sería una reforma educativa en este país en que se enseñara a pensar (y des-pensar) y a disfrutar de la curiosidad! Sería revolucionaria. Pero me temo que sería más fácil emigrar a Finlandia o a uno de esos países civilizados.

Recuerdo leer en tu blog, Psicoseando, las historias del padre Basili. ¿Quién fue realmente esta persona y cómo influyó en ti esa experiencia que viviste con él?

El padre Basili con su perra
El padre Basili con su perra en su cueva

El padre Basili fue un ermitaño de la orden benedictina que vivía en una cueva cerca del monasterio de Montserrat, en Cataluña. Estuvo allí casi 30 años. Bueno, antes de eso fue bibliotecario cerca de Jerusalén y creo que acabó por accidente de ermitaño. Lo conocí a través de un amigo y lo visité un par de veces. Finalmente nos dejó estar unos días durmiendo allí cerca en una ermita a medio hacer y compartiendo su tiempo, sus meditaciones, un arroz con chorizo del que repetía tres veces (supongo que porque su dieta habitual eran fruta y galletas que le dejaban los visitantes; aprovechaba lo que había mientras durara), y sus paseos cada atardecer a la misma piedra desde la que ver la puesta del sol “que es distinta cada día”. Era una persona que te transformaba con su sola presencia, reía mucho, pero también te gritaba. Tenía un altar torcido en precario con cristos, budas y símbolos varios (parecía siempre a punto de caer, pero creo que lo tenía así para que te fijaras en lo que hacías en todo momento y estuvieras muy atento. Si pasabas muy cerca te caía un “¡cuidado!” que te despertaba rápido). Era la encarnación de la no necesidad, pero mezclada con una risa muy infantil desde la barriga: parecía un hombre sin ego. O con muy muy poquito. Transmitía una presencia muy ligera. Sobre todo se reía de sí mismo y mucho de nosotros, pero con mucho cariño. Especialmente si pretendías que te hablara con profundidad: pasaba de tí, se iba por la ramas y contaba anécdotas (que días después se mostraban muy profundas). Era muy zen. Y ser testigo de algo tan equilibrado y auténtico te hace tener fe en que aprender a vivir es algo alcanzable, aunque no lo alcances.

Gustavo, me gustaría que nos dijeras, antes de terminar, algún rincón de Guía que te guste especialmente y por qué.

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Vista de Guía desde la Universidad Fernando Pessoa

Me gusta mucho la visión de Guía desde el barranco (desde la piscina o desde el campo de fútbol). Es estar de nuevo con un pie fuera. Me gustan los colores, el perfil de la iglesia, el que se mantenga el poco de verde que hay, y la ausencia de tráfico con reguetón a todo volumen. Supongo que además es la estampa que más se parece a la de mi infancia. Los de la Universidad tienen ese regalo extra: sería interesante que hubiera una manera de devolver a la zona tanto privilegio. Tengo en mente una idea interesante sobre cómo hacer disponible un servicio a la comunidad desde la psicoterapia, pero primero habrá que observar cómo respira ese proyecto. Desde luego, es el reducto más equilibrado entre la Guía antigua y la nueva (aunque da mucha pena el abandono del otro polo con personalidad, los Salesianos).

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