Una vida de fe, acción y conciencia

Entrevista a Gloria Betancor realizada por Javier Estévez para la revista digital Ciudad de Guía.

Bertolt Brecht afirmó una vez que hay quienes luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles. Gloria Betancor se ha convertido, por la contundencia de sus acciones y de sus convicciones, en indispensable, irreemplazable, necesaria y esencial. Una mujer imprescindible.

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Padres maestros y hermanos maestros. La vocación al magisterio en tu familia tuvo que ser algo incuestionable.

La pasión que tenían mis padres por su profesión, por lo que significaba entonces ser maestro, se vivió tanto en mi casa que todos mis hermanos, salvo Consuelo por su enfermedad, estudiamos Magisterio casi por contagio. Luego Santiago estudió Periodismo, pero primero hizo Magisterio.

¿Cuándo llegan tus padres a Guía?

Mis padres nacieron en Fuerteventura pero se conocieron en la Normal, que era como se llamaba entonces la Escuela de Magisterio de Las Palmas. Y allí se hicieron novios.

Mi madre, al terminar sus estudios y opositar, tuvo dos opciones: Visvique, en Arucas, y Anzo, aquí en Guía. Escogió el barrio guiense y allí le sorprendió la Guerra Civil. Ella nos contaba que en una ocasión, durante la contienda, unos aviones sobrevolaron la zona y tuvo tanto miedo que se escondió en la casa de un vecino hasta que los aviones desaparecieron. Allí le dio clase, entre otros niños, a Manuel Díaz Cruz, quien tanto la quería, y a Felix Santiago. Entonces mis padres vivían en Las Laderas, en la Montaña de Guía, el lugar en el que nació mi hermano Ceferino.

Mi padre, en cambio, era maestro interino en Verdejo. Hasta aquella escuela rural llevaba a hombros, en ocasiones, a mi hermana Consuelo porque ella, por la meningitis que sufrió siendo muy niña, no podía caminar. Muchas veces pienso en esa situación y valoro entonces lo que realmente es el esfuerzo. Mi padre era una persona muy sacrificada y curiosa. De hecho, el reloj de sol que está allí, en la casa de Verdejo, que entonces era la escuela, lo hizo él. También le gustaba indagar en los orígenes de la familia. En casa tenemos un árbol genealógico muy completo que consiguió finalizar tras dedicarle muchas horas.

De allí, mi padre en calidad de Maestro de Primaria, pasó al colegio Santa María donde estuvo de Jefe de Estudios hasta que cerró en el año 1960, si no recuerdo mal. Cuando nació Marisol, en 1938, ya residían en Guía, y mi madre trabajaba en la escuela de niñas que estaba donde hoy se encuentra la Biblioteca Municipal. De hecho, yo creo que esa calle lleva hoy el nombre de mi hermano Santiago por el hecho de que era allí donde mi madre tuvo la escuela.

Foto de Paco Rivero de la escuela rural de Verdejo
Foto de Paco Rivero de la escuela rural de Verdejo

¿Dónde estudiaste?

Yo estudié Primaria, Secundaria y hasta mi carrera de Magisterio en Las Dominicas. Entonces se podía cursar aquí en Guía. Éramos un grupo de unas diez o doce alumnas entre las que estaba tu madre. Luego íbamos a examinarnos a Las Palmas. El día del exámen bajabas a la capital en Pirata repitiendo las lecciones de memoria. Tuvimos la oportunidad de recibir clases de Constantino Cancio, Carmelina Ramírez y María Teresa Ojeda, entre otros. Todos eran buenísimos profesores y mejores personas.

Estudiaste en Guía cuando coincidieron abiertas y plenamente operativas Las Dominicas, el colegio Santa María, Los Salesianos y el Instituto Laboral. ¿Qué recuerdos tienes de esos años?

Guía estaba llena de estudiantes. La vida que tenía el pueblo entonces es ahora inimaginable. Las plazas, con los alumnos del colegio Santa María y con Las Dominicas, se llenaban cuando había recreo y concentraciones. A Guía venían a estudiar gente de Gáldar, de Agaete, de La Aldea, Mogán, Artenara, Moya. De tantos sitios. El albergue era una residencia de estudiantes muy viva. Hay que reconocerle el papel que hizo entonces Juan Santana. Después con Los Salesianos esa afluencia de estudiantes, aumentó. Había estudiantes de todos sitios. ¡Hasta de Tenerife! Era algo inimaginable. Yo creo que es indescriptible. No hay palabras para describir tanta juventud y lo que participaba esa juventud en la vida del pueblo.

Niños y niñas guienses jugando en la Plaza Chica
Niños y niñas guienses jugando en la Plaza Chica

¿Crees que con la universidad se podrá recuperar ese paisaje de estudiantes en el casco?

Ojalá. Te seré sincera. Yo en su momento pensé que la universidad sería una institución clasista, elitista y que los nuestros no podrían entrar. Eso era lo que pensaba de entrada. Después he sabido que el ayuntamiento ha conseguido que jóvenes guienses puedan entrar a estudiar con matrícula gratuita. Me parece un acierto. Absoluto. Puede ser una gran oportunidad para Guía porque creará empleo, qué duda cabe.

¿Fue en tu etapa de estudiante en las Dominicas cuando nació tu vocación de monja?

No. Todo comenzó tras la visita de unas monjas africanas que vinieron aquí a una especie de Misiones. En un encuentro con nosotras nos contaron la dura realidad en la que vivían y recuerdo que una tarde le dije a mi madre que yo quería ir a África. Quería ayudar allí. Mi madre me dijo entonces que yo tendría absoluta libertad para decidir qué hacer con mi vida, pero antes debía terminar mis estudios.

Lo que sí despertó en Las Dominicas fue mi espíritu crítico. De hecho, muchas veces mi madre me advertía que me mordiera la lengua antes de hablar. En Las Dominicas viví en primera persona como las niñas de origen humilde no recibían la misma distinción y cortesía que las que gozaban de mejor condición. Ese tratamiento tan injusto me enervaba, me irritaba.

¿Cuál fue tu primer destino como maestra?

Yo seguí estudiando mi carrera y cuando terminé, con 19 años, me fui a Fuerteventura. Tefía fue mi primer destino profesional, cerca de la colonia de Vagos y Maleantes. Llevé un curso de primero a quinto. Fuerteventura me sirvió para estar con la gente del lugar. Cuando yo terminaba de dar clase, me iba a ayudarles a arrancar yerbas, a coger papas. Tomaba café con ellos y así dialogábamos tardes enteras. Allí hice muy buenas amistades con otras maestras.

De Fuerteventura pasé a Agaete, a Las Nieves. Los niños allí eran muy inquietos y cuando llegué, el primer día, un policía me avisó de que la anterior maestra no había recibido especialmente un buen trato por los alumnos. Recuerdo que se subían a las mesas, eran muy revoltosos. Casi abandono el Magisterio en esa ocasión pero el apoyo y la insistencia de mi madre me ayudó a ganarme el respeto y el cariño de aquellos alumnos. Me costó, muchísimo, pero al final conseguimos todos crear una buena sintonía. La escuela estaba justo enfrente de la ermita, donde ahora está la conocida tienda de Pepito. Recuerdo que los recreos eran en la playa. Aún hoy, cuando voy por Las Nieves, me reconocen chicos que fueron alumnos míos ese periodo tiempo. He de reconocer que eso me alegra muchísimo.

¿Y cuándo comenzaste a dar clase en Guía?

Inmediatamente después de Agaete. Vine a una escuela que estaba justo al lado de la de mi madre. Coincidí con ella y fue una experiencia muy bonita. Y breve, porque luego me destinaron a Montaña Alta. Allí estuve solo tres años porque al tercero me fui. Recuerdo que venían a clase niños y niñas descalzos. Era una pobreza muy extraña porque allí había recursos pero había también un miedo terrible a perderlo todo. Lo cierto es que como en Montaña Alta, yo nunca me he sentido tan regalada. Allí, como en Fuerteventura, compartían todo lo que tenían conmigo: nueces, queso, leche, castañas, papas. Todo lo que tenían lo daban, lo compartían. Era una pobreza muy generosa.

Montaña Alta a principios de la década de los 60
Montaña Alta a principios de la década de los 60

¿Por qué decidiste ser monja?

Fue en Montaña Alta cuando comencé a cuestionarme mi vida y la vida en general. Tras reflexionarlo mucho, y sobre todo, tras conocer a una monja que iba a irse a Misiones, decidí irme a Madrid a iniciar mi vida religiosa. Elegí la congregación de Las Dominicas porque con ellas podía ampliar y satisfacer mis inquietudes apostólicas, a parte de mi devoción personal a las figuras de Santo Domingo y Santa Catalina, y por la  vida en comunidad y la importancia del estudio que profesaban.   Allí amplié mis conocimientos de Teología pero también entré en contacto con una gente que marcó profundamente mi compromiso con los demás. Recuerdo especialmente a Manolo Alemán, que me daba Teología, quien sacudió mis cimientos personales y me hizo ver una Iglesia comprometida y activa. Aquellos años me cambiaron tanto que incluso llegué a firmar la solicitud a Tarancón para que defendiera a Iniesta, el obispo de Vallecas que tanto irritó a Franco y que era señalado por muchos sectores de la iglesia como comunista y ateo.  Recuerdo que mis superioras me llamaron la atención. Entonces visitábamos barrios muy pobres y conflictivos como la Malmea, al lado de La Paz. Estudiaba, me implicaba y asistía a reuniones del grupo de Teresa de Calcuta. Luego, ya como monja, me destinaron a Toledo aunque nunca llegué a ir. Las monjas de mi congregación conocían bien mis inquietudes y pensaron en mandarme a una zona industrial a trabajar con Pilar de Armas, que era comadrona, una trabajadora social, una licenciada y una maestra. Pero tuve que regresar a Guía por la enfermedad de mi padre. Esas experiencias tan intensas ensancharon enormemente mi corazón.  Recuerdo ese tiempo con gran felicidad. Allí fui muy feliz.

¿Fue entonces, a tu regreso, cuando se creó el grupo Scout de Guía?

Sí. Todo empezó cuando Don Fernando el cura me pidió que diera Religión por las tardes en el instituto. Esas clases me permitieron descubrir a un grupo de jóvenes guienses inquietos y con ganas de cambiar su realidad. En los setenta se gestaron los Grupos de Pastoral Juvenil en toda Canarias. De ese grupo, que primero era de reflexión, nació Odres Nuevos, grupúsculo que rápidamente comenzó a dejarse notar en el pueblo. Organizaron las campañas de Navidad, recogidas de juguetes. Llegaron incluso a editar un periódico. Y en verano organizamos las cátedras de verano, campos de trabajo organizados para ayudar a campesinos y colaborar en la educación y formación de los niños y jóvenes con más dificultades y necesidades. Nos íbamos al Palmital, a Casas de Aguilar, a Montaña Alta. Vivíamos ese tiempo en convivencia con la gente del lugar  y por la tarde reuníamos a los chicos de los barrios y hacíamos fiestas y otros eventos.

Artículo publicado en La Provincia el 12 de julio de 1977
Artículo publicado en La Provincia el 12 de julio de 1977

Ese grupo era tan reivindicativo que consiguió que se hicieran, gracias a sus reclamaciones, las actuales plazas de Casas de Aguilar y de Anzo. Esa cátedra se hizo tan famosa que se unieron gentes hasta de Tenerife. Pero fue Javier Marrero y su esposa quienes nos invitaron a integrarnos en el movimiento Scout. Gracias al padre Segura, que era jesuita, yo pude ir al País Vasco a hacer un curso de Guías de España y el grupo de Odres Nuevos fue a Madrid a formarse como monitores. Ese es el germen de los actuales Scouts, el florecimiento de las inquietudes de aquel formidable grupo de jóvenes. Luego, en los años ochenta se formó el grupo Alcorac- Guía que comienza con una docena de jóvenes y que, al paso del tiempo, fue un gran grupo en el que muchos jóvenes de Guía forjaron su forma de ser, su amor a la naturaleza y el asociacionismo, con los campamentos regados por todas las islas, por el Camino de Santiago y otros lugares de la Península. El ocio, la alegría y espíritu de servicio, a los que unimos la colaboración de la familia fueron las notas más destacadas.

¿Qué buscabas organizando aquellos campamentos de verano por los que pasó y disfrutó tanta juventud de Guía?

Primero que hubiese una fraternidad, una amistad entre los jóvenes. Dios no busca gente encerrada en su ego sino personas que vivan y celebren la vida, la amistad y el amor. Yo quería que los jóvenes de mi pueblo fuesen felices y que aprendieran valores. Reconozco que en ocasiones lo pasé mal organizando aquellos campamentos, pero el resultado me era siempre plenamente satisfactorio. Yo creo que conseguimos abrir nuevos horizontes. También contaba para la realización de esos campamentos con la participación de una gente con un valor inconmensurable y con el apoyo decidido de los padres.

Gloria, ¿qué le da sentido a tu existencia?

Los pobres y los jóvenes. Yo siento que fui llamada para atenderlos. Y no solo para ayudarles sino también para escucharlos, porque en ocasiones esa era su única demanda, que los escucharan, sentir que tenían voz. Eso me producía una satisfacción personal absoluta. Es importante que tengan conciencia de sus propios derechos y el coraje de protestar para que atiendan sus necesidades. Aquí hay gente que pasa miseria. Nosotras, en Guía, recogíamos y ayudábamos a gentes necesitadas. Jóvenes, viejos. Fuesen quienes fuesen. Había que acudir a la necesidad. Siempre he tenido esa inquietud que al final ha sido mi motor vital. Hay una oración de las monjas que ofrece gracias a Dios por darnos una noche tranquila. Yo siempre he pensado que tendría que ser al revés, gracias por darme una noche intranquila, por hacerme saber que hay tanta necesidad a mi alrededor y tanta gente que necesita ayuda. Si sé que hay un problema, una necesidad y no le doy respuesta, aunque sea tan solo escuchando, yo no me puedo ir a la cama tranquila. Y un inciso, y que a nadie se le esconda: hoy en día, aquí,  en Guía, en el norte, en la isla, aún hay muchísima pobreza. Muchísima.

¿Tienes alguna frustración personal? ¿Algún proyecto que no hayas podido cumplir?

No irme a América latina. A Bolivia. Al principio me costó asumir que definitivamente no podría ir. Luego lo he ido asumiendo poco a poco hasta aceptarlo plenamente. La vida es así: hay sueños que nunca se cumplirán, pero el mérito es soñar. Ahora me gustaría ir a la Obra social a Las Palmas, a ayudar. Aquí, en Guía, a veces, me encuentro muy encasillada y a veces también encuentro a mi pueblo muy ingrato, ciego e indiferente a tantos problemas que nos rodean.

¿Y Las Dominicas? ¿Qué futuro le espera a ese edificio tan emblemático para esta ciudad?

Antes de responderte a esa pregunta, quiero dejar clara una cosa que siento en lo más profundo de mi corazón. Las comunidades Dominicas en las que viví aumentaron mi vocación a la fraternidad y a la misión. Sobre todo, la comunidad de Guía, donde fui siempre apoyo y empuje, y en donde fui muy feliz porque juntas luchábamos y celebrábamos la misión. Hasta las hermanas mayores como Sor Manuela y Sor Carmen se implicaban al máximo.

Gloria en las Dominicas de Madrid
Gloria, en las Dominicas de Madrid

Hoy en día, sin embargo, tengo mis interrogantes. No comulgo con muchas cosas de mi congregación pero las respeto profundamente. El abandono del proyecto de Guía me causó muchísimo dolor y casi hasta una depresión. No entiendo como habiendo tanto por hacer aquí, en esta comarca donde hay muchísima pobreza y miseria, gente, familias muy necesitadas, la casa permanezca cerrada y sin ofrecer soluciones. Yo sigo las directrices del Papa, que me encanta, dicho sea de paso. Esos detalles que tiene, como por ejemplo el de irse a limpiar los pies de unas prostitutas en la calle antes que estar haciendo rituales dentro de una iglesia, me emocionan. Yo me mantengo aún dentro de la Iglesia porque creo que la mejor forma de reformar algo es actuando desde dentro y no criticando desde fuera. Ahora mismo las Dominicas se centran en la educación. Y hay que reconocerlo: tienen un proyecto educativo en Las Palmas que tiene una calidad incuestionable, magnífica. Pero, ¿y la vocación? ¿Y los barrios? ¿Y el proyecto de Las Cuartas que se había ideado para Guía? Yo discutí mucho dentro de mi congregación sobre la pobreza y las necesidades de las gentes de aquí. Recuerdo que me dijeron una vez que la pobreza era una cuestión personal. No, les respondí con firmeza, la pobreza es sobre todo una cuestión estructural. Y es nuestra obligación moral intervenir, ayudar, buscar soluciones.

Antes de terminar, me gustaría que compartieras un recuerdo bonito que tengas de Guía

A mí me encantó la concentración Scout que hubo a finales de los ochenta por la celebración de San Jorge  y un encuentro de jóvenes de toda la isla que me llenó de felicidad. Los recuerdos más queridos son de mi niñez. Aquí en Guía estábamos siempre corriendo. El albergue era un lugar de concentración al que acudíamos todos los jóvenes los domingos. Bailábamos, oíamos música, charlábamos entre nosotros. Hay que hacer de las Plazas de Guía un núcleo que haga amigos como lo era antiguamente. Hoy son un desierto.

…Y un deseo

Tenemos que recuperar el Consejo Municipal de Juventud. Hay que dar respuestas alentadoras a las inquietudes de los jóvenes, enseñarles el valor de lo comunitario, de la participación, implicarlos en la solidaridad, en la acogida, en el cooperativismo y en el ocio creativo. Los jóvenes de este municipio deben tener un sitio donde se les pueda oír y donde ellos puedan reivindicar sus sueños.

Grupo Scout "Alcorac" durante un campamento de verano
Grupo Scout “Alcorac” durante un campamento de verano

 

Guía de Gran Canaria, 26 de abril de 2016

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NOTA: Quiero agradecer a Mary Carmen Mendoza, concejal de Cultura, por prestarnos la sala de Juntas de la Fundación Néstor Álamo para la realización de esta entrevista. Igualmente, a la Fundación Canaria Néstor Álamo por cedernos fotos del fondo fotográfico “Paco Rivero” para la ilustración de la misma.

 

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