Las palabras olvidadas

Por Javier Estévez //

A mi bisabuelo “Juanito el huevo”,
al que nunca conocí pero del que tanto me han hablado.
Hoy escribo mis sueños
donde antes él los fundó.

El diluvio bíblico caído del cielo nada más estrenarse el día y el incordio del alisio, que zarandeaba las hojas muertas y los recuerdos vivos a su antojo mientras ululaba y desafiaba a todos los puntos cardinales, dibujaron un inesperado paisaje que de forma inevitable e irresoluble se asemejaba a un pueblo abandonado, vacío e inexistente. El silencio flotaba fatigosamente entre los adoquines y el incierto techo que imponía el viento que subía y bajaba por las calles y callejones, introduciéndose en lugares y manoseando impúdicamente a las gentes que se encontraban en las tiendas, en el fielato, en las habitaciones de las fondas, en las peleterías y otras ventas de diferente naturaleza y condición que pululaban desordenadamente por la ciudad. Todo estaba extrañamente silenciado.

Ajeno por completo a esta sordina intrusa y apátrida, y profundamente ensimismado y atribulado, Juan Almeida rumiaba y rumiaba circularmente una frase que encontró abandonada por algún desconocido sobre el ajado mostrador de su tienda mientras él buscaba, en la estantería más alta y esquinada, unas viejas tulipas belgas de hierro y de cristal.

…se llamarán planetas porque irremediablemente serán planos. No sabía cómo consiguió llegar ese juego de vocablos al último anaquel donde se encontraba pero cuando bajó a zancadas por los peldaños de su escalera se encontró con la orfandad imprevista de estas palabras, de las que nadie, de los aún presentes al otro lado del tablero, se quiso apropiar.

Por eso, la mañana silenciosa y extraña, Juan Almeida, aparentemente concentrado en la limpieza e inventario de los múltiples e indispensables productos que ofrecía en su negocio, no podía dejar de cuestionarse la veracidad de las palabras relegadas. Su natural insistencia y cuestionamiento le habían granjeado una fama, que él estimaba irreal y desmesurada, de porfiada y terca testarudez. Sin embargo, presentía hondamente que por esta vez, la razón quería subirse a su cuello para bailar abrazado a él, tesis que lo excitaba a la vez que lo turbaba.

Aprovechando la falta de necesitados en el comercio, ordenó a su ayudante que abandonara toda tarea que estuviese llevando a cabo, que cerrara las puertas de la calle a calicanto y lo acompañara. Obedeció mudamente, sin rechistar, ya que era callado de nacimiento. Esta irremediable predisposición a no discutir nunca las órdenes de su patrón erigió en Remigio a un trabajador perseverante e ideal.

Salieron a la calle enfilados, tan pegados el uno del otro que casi caminaban hombro con hombro. Descendieron calle abajo, a barlovento, y tras ocho pasos sonoros y contundentes, Juan Almeida no pudo ni con la rutina ni con sus sueños y tuvo que parar su marcha para girarse y suspirar sobre sus pasos. Entonces, hundió sus ojos tristes, subrayados por la sombra de los insomnios, en la amplia fachada verde que incluía cuatro espigadas puertas púrpuras, y más que esperar, deliraba ante la improbable posibilidad de que algún día la fortuna y la felicidad se decidieran a visitarlo para poder finalizar, de una vez, la casa que él y su mujer habían soñado tan generosamente. La muerte, que todo lo derrumba, paralizó su anhelo geométrico y mineral con la primera planta finalizada. Los albañiles, lánguidos y apesadumbrados por la imprevista desaparición de su mujer, decidieron entre ahogados sollozos, abandonar prematuramente la obra, no sin antes preparar la segunda planta, por si la tristeza del promotor desembocase en el olvido. Mediante un pretil sobre la portada, perfilaron tímidamente la base de los huecos simétricos de las ventanas y colocaron las ménsulas y la meseta que soportarían a un ignoto balcón.

Un desafortunado arquitecto, que paralelamente al tránsito de la esposa de Juan Almeida se había trasladado al barrio, pasó por allí y confundió el espontáneo proceder de los albañiles con la introducción y proyección de algún estilo arquitectónico terriblemente vanguardista, moderno y atrevido. Hoy en día, calle abajo, aún se pueden ver varias fachadas diseñadas por este arquitecto delirante, hambriento de notoriedad, que de forma tan atrevida imitó la solución arquitectónica diseñada fatalmente por la muerte.

Con unas lágrimas timoratas asomándose a su mirada, decidió reanudar su expedición, siempre por el eje longitudinal de la calle. Mientras, sus sombras se proyectaban sobre la mitad occidental de la misma y su larga acera, señalando en su marcha, una a una, las fachadas, que aunque alzadas a poniente, miraban irremediablemente a naciente. De esta manera, el dúo, con la incorporación de las sombras, pasó a ser un pequeño grupo, aunque este aumento no se tradujera en más sonoridad en su andar conjunto. Atravesaron la niebla olorosa e inevitable que levanta el pan recién horneado de la panadería; no pararon ni para santiguarse metódica y cristianamente frente a la capilla oscura pero inimitable de San Antonio de Padua. Y si bien es cierto que alzó la mirada para encontrarse con la torre solitaria y policromada que había levantado un inglés que, según él, hablaba trabando todas las palabras que tenía el castellano, este tropiezo visual no provocó las ensoñaciones que siempre le inducía su condición imaginada de torreón-mirador, fundado únicamente para observar estrellas y constelaciones calladas que sólo brillaban en el firmamento cuando la noche se posaba discretamente sobre los tejados.

Pasaron cerca de un despacho de abogados y el tacto inesperado de las leyes que del inmueble se desprendían, como se desgaja a jirones la pintura envejecida, le sugirió entrar, pues en ese espacio tan letrado e ilustrado debería encontrarse una respuesta satisfecha; pero se percató, tan pronto como ideó esa posibilidad, de que los abogados que deberían atenderle ni tan siquiera habían nacido. Es más, pensó, la solución a esta cuestión no la tiene la justicia, sino que reside solamente en la geografía de la razón.

Con ilimitada determinación, pero ahora por la acera de naciente, continuaron su descenso y en el epílogo de la calle se encontraron con las obras de colocación del nuevo adoquinado. Éstas se traducían, exclusivamente, en sustituir los viejos bloques de granito, sobre los que transitó tanta historia, por otros nuevos de basalto con una novedosa disposición y óptica: se alternaría un adoquín opaco con otro transparente. La idea surgió de un consternado arqueólogo, que insistió apelmazadamente día sí y otros también, teniendo como única y solitaria certeza la advertencia de que, como había sucedido en el pueblo vecino, bajo los adoquines de la ciudad histórica se encontraban desmedidos yacimientos de un pasado, que aunque escaso materialmente, su descubrimiento desembocaría en un próspero e insospechado futuro. Pergeñó, el científico del pasado, la idea de los adoquines transparentes, ya que, según él, y de este modo, tarde o temprano su auspicio sería irreprochablemente demostrado.

Zigzaguearon las calles estrechas y ordenadas hasta que pasaron frente a la sacristía y todo el lateral oriental de la iglesia. En este tramo, Juan Almeida invitó a Remigio a caminar de puntillas señalándose sus pies, y colocándose el dedo índice verticalmente sobre sus labios, solicitó, de manera torpe, silencio al mudo, ante el temor secular que le invadió de ser descubierto, interrogado y con posterioridad, y cierta alevosía, acusado de notable y aguda herejía ante los preceptos de dios nuestro señor.

La calle se estrechó tanto ante la ambiciosa expansión de la iglesia que devino en callejón irregular. En el punto más estrecho del mismo y frente a una esquina de piedras talladas, pulidas y escodadas, pasaron en fila de uno, primero Juan Almeida y tras él, un ignorante Remigio que ni sospechaba ni deducía el origen y el final de tan repentina aventura. Al pasar junto a una ventana de guillotina cerrada desde la fundación de la ciudad, Remigio, que a sus catorce años era inevitablemente pícaro y retozón, aprovechó el papel trabado en las lamas de la ventana para ampliar, con su lápiz desgastado, el mensaje que de forma lacónica allí se expresaba: CARTAS. Tras el paso del jovenzuelo, el papel se enriqueció con un verso inesperado: por favor, sólo CARTAS de amor.

Con el corazón desbocado ambos, uno por la cercanía del lugar donde demostraría su tesis y desmontaría la conjetura vomitada por un prófugo de sus palabras, y el otro, tras acelerar su paso para estar a la altura de su patrón tras quedarse rezagado momentáneamente, cruzaron, dibujando una corta diagonal, la conocida Plaza de la Constitución sin intercambiar saludos ni miradas con la hidalguía y linaje que allí se daba cita para pasear y lustrar, ante nadie, su incierta condición burguesa.

Descendieron como pudieron los escalones que se disponían frente a la decimonónica Sociedad Recreativa y de Instrucción, hasta llegar al lugar donde cambia el peralte de la calle de la Cruz. Aquí, Remigio, párate aquí y mira hacia la derecha, a naciente. ¿Ves?, la calle desciende. Incuestionable. Bien, ahora, Remigio, mira hacia poniente, donde la calle muere colgada sobre el barranco. También desciende. Incuestionable también.

Entonces, como si de una explosión de clarividencia se tratara, cogió dulce y paternalmente a Remigio por la nuca y en un tono sosegado pero con indudable seguridad y certeza afirmó: Remigio, yo no dudo que vivamos sobre un planeta, pero éste es irremediablemente redondo, curvo; no albergo duda alguna. Recuérdalo. Y ahora, volvamos a nuestros menesteres.

 

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